La doctrina Trump: ¡Somos Estados Unidos, perros!
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La doctrina Trump: ¡Somos Estados Unidos, perros!

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La doctrina Trump: ¡Somos Estados Unidos, perros!

15/06/2018
Actualización 15/06/2018 - 13:13

Donald Trump exhibió en las dos últimas cumbres en que participó –Grupo de los Siete en Canadá y la bilateral con Corea del Norte en Singapur– lo mejor y lo peor de sus habilidades como líder de la nación más poderosa del mundo en el escenario internacional.

Es un bully y un patán irremediable. No tuvo empacho en quitarse los audífonos para evidenciar no estar escuchando a Emmanuel Macron de Francia o a Justin Trudeau de Canadá. Mostró su convicción de que el orden económico neoliberal de la posguerra y sus alianzas, celosamente construido por sus antecesores desde Franklin D. Roosevelt, es un esquema que abusa de su país. Por ser el más poderoso y rico, Estados Unidos no debe poner más; al contrario, tiene que imponer que las potencias de segundo orden, como Japón y Alemania, le entren con más recursos. Evidenció que simpatiza con los tiranos y se siente a sus anchas entre ellos. Antes de llegar al G-7 insistió en que Vladimir Putin de Rusia regresara el Grupo. Si le agradan los tiranos y se siente tan a gusto con ellos es por que aspira a ser uno.

¿Cuál es la visión trumpeana del papel que debe jugar Estados Unidos en el mundo? ¿Tiene una guía maestra? ¿Cuáles son sus objetivos finales y cuáles son sus medios para lograrlos? En síntesis, ¿cuál es la doctrina Trump?

No es un mandatario cerebral como Barack Obama, quien intentó redefinir la conducta global de Estados Unidos. Un país más gentil que sólo intervendría en escenarios que pusieran en riesgo la sobrevivencia de Estados Unidos, o bien para frenar exterminios de lesa humanidad siempre y cuando hubiese salida. Este fue el caso de Siria, había exterminio, pero no salida. Y para no empantanarse como en Irak y Afganistán, no intervino.

Tampoco es como George Bush, quien permitió que los neoconservadores encabezados por su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y su vicepresidente, Dick Cheney, utilizaran el ataque preventivo como estrategia defensiva.

Jeffrey Goldberg, el director de la revista mensual The Atlantic y uno de los más agudos analistas de la conducción de la política exterior estadounidense, se dio a la tarea en las últimas semanas de conversar con los más cercanos colaboradores de Trump para intentar esbozar cuál es su doctrina en seguridad nacional.

Resumo el interesante artículo de Goldberg en tres propuestas. La primera, el caos trumpeano. Mantener a amigos y rivales en permanente estado de caos y desequilibrio beneficia necesariamente a Washington, por ser el país más poderoso. “Cree desde sus entrañas que la globalización económica es injusta para Estados Unidos”. No sólo no le gustan las alianzas militares de su país, sino que está dispuesto a combatirlas activamente.

La segunda es “no amigos ni enemigos”. Para él no cuenta las alianzas del pasado, pues no hay amigos permanentes. Para el país más poderoso del mundo no es necesario pertenecer a alianzas y por lo tanto desprecia las lealtades que esperan los aliados tradicionales de su país. Ante la pregunta ¿por qué aparentemente trata mejor a los enemigos de Estados Unidos como Rusia y China?, un cercano colaborador respondió, “hay que tener paciencia. Todos se percatarán al transcurrir el tiempo que no vale la pena oponerse a nosotros”.

La tercera es la que señala Goldberg como la mejor destilación de lo que es la doctrina Trump: “Somos Estados Unidos, perros”. El autor considera que esa frase es “la más aguda y honesta para describir lo que muchos de los miembros del equipo de Trump y él mismo entienden como su papel en el mundo”.

A diferencia de Obama, quien solía pedir perdón a todo el mundo casi por cualquier cosa, Trump jamás siente necesidad de justificar su conducta. Es engreído y arrogante. Estados Unidos y el mundo están a sus pies. Es como si fuera por el mundo gritando –¡todos me la pelan, cabrones!

Estoy consciente de lo terrible y soez que es la afirmación anterior. Sin embargo, es la cruda realidad que representa el presidente número 45 del vecino país del norte, Donald Trump.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.