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29/09/2017
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sismo
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La respuesta de México, especialmente de sus jóvenes, a los temblores de la Ciudad de México y otros estados ha sido digna de orgullo. La respuesta internacional, en especial los vecinos del sur y del norte, también ha sido encomiable.

Lo primero que hay que destacar es la apertura del gobierno federal hacia la ayuda internacional y el orden que ha logrado imponer. Hay una brecha enorme entre el México del temblor 1985 y el actual. El gobierno de Miguel de la Madrid se paralizó y simplemente no aceptó en primera instancia la ayuda internacional. La frustración de los mexicanos en el extranjero y de los simpatizantes de nuestro país fue enorme. La cooperación internacional pudo haber salvado muchas vidas y reducir el sufrimiento de la población.

El México de 2017 es un país con una democracia aún en consolidación, claramente global y con una relación más funcional con el vecino del norte.

El año de 1985 fue de gran relevancia para la apertura económica del país. Ese año se negoció un acuerdo bilateral con Estados Unidos de enorme trascendencia, el acuerdo de subsidios e impuestos compensatorios, el cual abrió el camino para que, al próximo año, 1986, México accediera al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) y así dejamos de ser lo que se conoce en la juerga de la negociación internacional como un 'gorrón' del sistema.

El acceso al GATT y eventualmente al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) nos sumergió de lleno al sistema de comercio global y nos acercó al vecino del norte. La proporción del sector externo de la economía creció más de 15 veces en las últimas dos décadas.

Desde 2011 contamos con la Agencia Mexicana para la Cooperación Internacional y el Desarrollo (Amexcid), inserta en la cancillería por ley, y que está permitiendo ordenar y planear la cooperación internacional.

Me comenta el titular de la Amexcid, Agustín García López, que más de 20 países han ayudado activamente a México. Destaca el apoyo de Perú y Chile dentro de la Alianza del Pacífico y de El Salvador y Honduras que mandaron brigadas de rescate.

Estados Unidos, el vecino incómodo en los tiempos del presidente Donald Trump, se ha comportado ejemplarmente. Los secretarios de Estado y Defensa, Rex Tillerson y James Mattis, han estado personalmente atentos a que fluya la ayuda a México y no han escatimado recursos, no obstante Estados Unidos sigue campeando con los desastres naturales en Texas, Florida y Puerto Rico. La embajadora en México, Roberta Jacobson, ha sido un torbellino de ayuda y comunicación. A través de sus tuits conocemos que el departamento de bomberos de Los Ángeles mandó una brigada de búsqueda y rescate con enorme sofisticación y entrega.

Me parece excepcional la ayuda ofrecida por el estado de Texas, pues sus últimos dos gobernadores se han especializado en tener una mezquina postura ante México. Claro, hay que tomar en cuenta que México le ofreció ayuda ante las terribles inundaciones en Houston.

¿Por qué tanta ayuda? ¿O resulta que ahora sí nos quieren los vecinos?

Tengo dos respuestas. La primera es que Trump efectivamente ha despertado sus propios anticuerpos. Tanto ha vilipendiado a México que, efectivamente, ha hecho más vocal el apoyo de los estadounidenses, entre ellos los mexico-americanos, que quieren y entienden la relevancia de México para su bienestar. Bien dijo Jacobson, “ante las tragedias en Estados Unidos o México, sale lo mejor de nosotros".

En mi propia Universidad de California, en San Diego, convoqué una reunión de “lluvia de ideas” para analizar cómo podríamos hacer más eficiente la ayuda de la región hacia las zonas devastadas en México. Me impresionó el interés de los departamentos de ingeniería, cómputo y salud pública, así como una serie de autoridades de Tijuana que asistieron a la reunión. Esta misma semana está saliendo un equipo de ingenieros de la universidad para trabajar hombro con hombro con colegas de la UNAM para acelerar la evaluación de inmuebles dañados.

La segunda explicación radica en la activa diplomacia mexicana en Estados Unidos. En especial, la red de 50 consulados que ha servido como punto de unión entre las distintas regiones de ese enorme país y México.

Me ha tocado observar a mi cónsul en San Diego, Marcela Celorio, trabajar de sol a sol, con pasión y convicción, sirviendo de puente entre la región Tijuana-San Diego y nuestro país.

Me siento orgulloso de nuestra sociedad civil, especialmente de los jóvenes. También lo estoy de mis colegas del servicio exterior y consular mexicano.

Twitter: @RafaelFdeC

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.