Opinión

Quizás, quizás, quizás


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Soledad

Robert Sapolsky es un connotado científico, escritor y profesor de ciencias biológicas y neurología en la Universidad de Stanford, que ha estudiado durante varias décadas la conducta de diferentes especies de primates en Kenia. También ha divulgado en artículos geniales el funcionamiento del cerebro.

Uno de sus ensayos más luminosos explica el mecanismo “masoquista” por el cual somos capaces de posponer la gratificación del placer, aplazar el deseo, esforzarnos hoy para conseguir resultados de largo plazo. Todas, conductas que requieren de paciencia y confianza en que un día lograremos alcanzar la meta: un amor precioso y sólido, hijos felices, ganar la lotería, el trabajo soñado, la paz y la estabilidad.

Sapolsky describe la conducta de un papión de la sabana africana que persigue obsesivamente a una hembra que lo ignora casi todo el tiempo. Los llama Jonathan y Rebeca. La falta de interés de Rebeca no ha sido suficiente para extinguir la conducta de búsqueda amorosa de Jonathan, quien se conforma con la atención fugaz e intermitente que ella le da. Sapolsky sintetiza los resultados de éste y otros estudios, y explica que lo impredecible de la gratificación moviliza el deseo casi de forma adictiva. Y agrega que “aquí se encuentra la clave de nuestra grandeza, lo que nos da fuerza para hacer lo más difícil, para ser disciplinados y para optar por una recompensa pospuesta”.

El origen biológico de esta capacidad se encuentra en la corteza frontal que puede planear a largo plazo y controlar los impulsos. La dopamina es el principal neurotransmisor que se produce durante los ciclos de búsqueda de placer y recompensa del deseo. Vale la pena mencionar un hallazgo perturbador sobre el mecanismo de la dopamina y la conducta: la simple anticipación, expectativa y esfuerzo por conseguir la recompensa es capaz de producirla. Es perturbador que el apetito –la expectativa anticipada del placer– sea un estímulo más intenso que el placer en sí mismo.

Si pensamos en ejemplos concretos, los hallazgos científicos hacen sentido: mucha gente describe el periodo de conquista y seducción, como más emocionante que el inicio franco de una relación amorosa. La ilusión de un viaje a veces es más idílica que el viaje mismo. Soñamos con un futuro próspero y estable, pero llegamos a él y la vida no cambia tan dramáticamente como imaginábamos.

El cerebro libera la mayor cantidad de dopamina frente a recompensas de máxima incertidumbre. Esta es la explicación de por qué alguien queda enganchado de un hombre o de una mujer que le dice que sí, pero no cuándo. Que casi nunca dice que sí, sino quizás, quizás, quizás. No se trata de masoquismo caracterológico, sino de un mecanismo que nos vuelve adictos biológica y psíquicamente, a las migajas.

De no ser así, sólo perseguiríamos metas seguras y predecibles. Y todo lo que implicara riesgo o demora del placer sería poco atractivo y nosotros poco persistentes e incapaces de ambicionar lo imposible.

En sentido negativo, el reforzamiento o enganche producido por algo que ocurre de manera impredecible e improbable es también muy intenso. Por ejemplo, la agresión que no se puede predecir, mantiene el control de otros por la vía del miedo. Sapolsky agrega: “la esencia destructiva del terrorismo es el hecho de tener al mundo en constante alerta amarilla, sin saber nunca cuándo ni dónde”.

Aceptar que nuestro cerebro funciona intensamente frente a las recompensas improbables e impredecibles puede volvernos mejores para abandonar las fantasías del control, que sólo sirven para erosionar la libertad. Y también para que cuidemos, intencionalmente, los anhelos y deseos que ya hemos conquistado.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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