Opinión

Quince años

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IFE

Al inicio de este mes se cumplieron 15 años de la llegada a la Presidencia de alguien que no provenía del PRI. Un evento de la misma magnitud que el recuerdo del centenario de la Revolución, cuyos triunfadores, convertidos en ese partido, gobernaron por el resto del siglo. Pero no recuerdo haber visto alguna referencia a ese diciembre del 2000.

Dicen todas las encuestas que los mexicanos están desencantados de la democracia, y que el apoyo a este sistema político ha bajado considerablemente en esos 15 años. Debe ser como lo que ocurre con los productos milagro, que venden tanto y que siempre acaban desilusionando. Y es que no hay nada que, por sí solo, impida los resultados de nuestro comportamiento. Adelgazar implica dejar de hacer lo que provocó la gordura, y eso no lo sustituye ningún te. Bueno, pues lo mismo ocurre con el funcionamiento de la sociedad. Tener éxito implica dejar de hacer lo que provocó el fracaso, y no hay sustituto a ello.

En México lo que logramos en 1997 (que no en 2000), fue quitarle el poder a un partido único (hegemónico, dicen algunos) para trasladarlo a un sistema de partidos en competencia. Se pudo hacer eso de manera civilizada a través de la creación de un árbitro al que se le permitió trabajar, el IFE. Funcionó, y en ese 1997 tuvimos la primera Cámara de Diputados no controlada por el PRI, o sus predecesores, en 80 años. En 2000, el primer mexicano no procedente de esa tradición llegó a la presidencia.

Pero hasta ahí llegamos. La continuación de la transformación obligaba a las reformas que apenas hace unos meses se realizaron, y entonces eran impracticables. El PRI no entendía que había perdido (lo entendería 6 años después, con la debacle de Madrazo). El PAN no entendía bien cómo gobernar, nunca lo había hecho a ese nivel, ni contaba con las personas para ello. Se fue llenando de arribistas, que llegaban por el poder (y el dinero), y en el proceso se fue diluyendo su propuesta política. El PRD no entendió nada, y se convirtió en el gran promotor del regreso al nacionalismo revolucionario, bajo la dirección de López Obrador, que sigue comprometido con esa oferta política, hoy en un partido propio.

Coincidentemente, en estos 15 años la economía mundial funcionó de una manera diferente, con el ingreso de China a la OMC, y su espectacular ascenso, que implicó para México estancamiento, puesto que competíamos por el mismo cliente, Estados Unidos. Así, el inmovilismo económico se sumó a una creciente disputa política: el regreso al pasado contra el avance a lo desconocido. Literalmente desconocido, puesto que el PRI apenas empezó a imaginarse diferente después de 2006, y para entonces el PAN ya no tenía una dirección clara.

En los últimos tres años, me parece, la opción del pasado fue derrotada, puesto que la abrumadora mayoría agrupada en el Pacto por México optó por borrar al siglo XX. Lo que definió a México en ese siglo ha desaparecido ya: monopolios del Estado, compadrazgo empresarial, adoctrinamiento educativo, corporativismo.

Exagero, no ha desaparecido, pero su fin ya ha iniciado, con toda claridad. Los monopolios tienen fecha de caducidad; la corrupción no desaparece, pero el capitalismo de compadrazgo empieza a hacerlo; tampoco los sindicatos se van, pero la relación corporativa está fracturada irremisiblemente; el sistema educativo no podrá adoctrinar más, porque ya no hay sustancia con qué hacerlo: la Revolución terminó, después de hacernos perder un siglo entero.

A pesar de las apariencias, no han sido 15 años perdidos. Pero pudimos hacerlo más rápido, eso sí.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey

Twitter: @macariomx

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