Opinión

Quimera tamaulipeca

Abril fue el mes del punto sin retorno en Tamaulipas. Sesenta y cuatro muertos, de los cuales 28 murieron en Ciudad Madero y Tampico –ciudades hermanas– en 96 horas. La violencia se desencadenó tras el arresto de Javier Garza Medrano, uno de los fundadores del Cártel del Golfo y responsable de la distribución de droga en la ciudad de México y Tamaulipas, así como del tráfico de drogas a Estados Unidos, en Taxco, Guerrero, el 26 de febrero. En represalia, de acuerdo con funcionarios federales, ordenó el asesinato de Aarón Rogelio García, quien creía que lo había entregado, en la fronteriza Ciudad Mier, el 3 de abril. La violencia ya no bajó. “Han sido días muy complicados”, reconoció el vocero del gobierno tamaulipeco, Guillermo Martínez. “No hay gobierno estatal que pueda con una problemática de estas dimensiones”.

Las ciudades hermanas se incendiaron con balaceras a todas horas y persecuciones entre narcotraficantes. Las redes sociales se inundaron de crónicas ciudadanas de la violencia y fotografías de los estragos de las balaceras y automóviles incendiados. Durante semanas el gobierno quedó rebasado y en la ciudad de México creció la molestia con el gobernador Egidio Torre Cantú porque se asumía que él, por omisión, era el responsable de la inseguridad. La realidad, como siempre, era más compleja y el gobierno federal tardó en pensar una estrategia para ir al rescate de Tamaulipas.

Ya era tiempo. El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, anunció este martes en Reynosa, esa nueva estrategia, después de que por diseño general, las fuerzas federales habían dejado inerme a Tamaulipas. En 2010 el entonces presidente Felipe Calderón envió a las tropas, y poco después encargó a la Marina combatir al Cártel del Golfo y a Los Zetas. Pero en diciembre de 2012, el entonces comisionado de Seguridad Pública, Manuel Mondragón, ordenó el repliegue de las fuerzas federales –con el aval de sus superiores–, y volvieron a dejar vulnerable al gobierno tamaulipeco ante la capacidad de fuego de los dos cárteles. El desbordamiento de la violencia en abril llegó como una invitación a los criminales ante la pasividad federal. Lo malo del cambio de rumbo y pasar activamente a la ofensiva, es que la intención carece de imaginación.

La nueva estrategia consta de tres ejes que no aportan nada innovador: desarticular a las organizaciones delictivas, que dicho en abstracto es un lugar común; sellar las rutas de tráfico de personas, armas y dinero, que es una redundancia retórica; y garantizar las instituciones locales y hacerlas suficientes, eficientes y confiables, que suena a un acto de fe, porque no se aclara, cómo lo va a hacer el gobierno federal, con cuáles instrumentos o recursos a su alcance para que los dichos se conviertan en hechos.

El anuncio del secretario incluye la regionalización de la seguridad en cuatro zonas operativas: Frontera, donde se incluyen cuatro municipios de intensa actividad de los cárteles, pero se excluye a Nuevo Laredo, por donde cruza el 70 por ciento del comercio hacia Estados Unidos; la Costa, que abarca el puerto de Altamira, el principal del golfo en cuanto a su comercio con Estados Unidos, y Tampico y Madero; el Centro, que incluye a la capital Ciudad Victoria; y el Sur, en donde se integra a El Mante, la puerta de salida de Los Zetas de Tamaulipas. El Ejército y la Marina estarán a cargo de estas zonas, con lo cual oficialmente militarizarán al estado. Una vez más, no hay nada sustantivamente diferente a lo que hizo, pero sin tanta escenografía, el gobierno de Calderón.

El planteamiento de instalar fiscalías especiales para recibir y atender denuncias en un estado donde la desconfianza empieza con las autoridades, parece una idea que sólo busca llenar párrafos en el discurso. Fortalecer la coordinación con los distintos órdenes de gobierno, redoblar la vigilancia en aeropuertos, puertos, aduanas y puntos fronterizos, más que estrategia parece una autocrítica de lo que antes había y luego dejaron de hacer. La frase que define lo vacío de la nueva estrategia es que van a “patrullar las 24 horas” las carreteras tamaulipecas. Sólo el desprecio a la inteligencia de los mexicanos, y en particular a la de los tamaulipecos permite entender esa idea donde el gobierno federal promete que, ante los cárteles de la droga, harán su trabajo tiempo completo. Visto desde otra perspectiva, pues ¿qué estaban haciendo las fuerzas federales hasta antes de este martes?

La nueva estrategia recupera los controles carreteros que tenía el gobierno de Calderón, pero cae en la misma falla táctica: Tamaulipas no es una isla. Por tanto, el combate a los criminales no puede verse en forma aislada, sino regional. Sorprende, por tanto, que los gobiernos de los estados en la zona de influencia del Cártel del Golfo y Los Zetas –Coahuila, Nuevo León, San Luis Potosí y Veracruz–, no forman parte integral de la estrategia, que tampoco tiene, en una omisión extraordinaria, el esbozo de la coordinación con el gobierno estadounidense, al ser los cárteles mexicanos trasnacionales y operar indistintamente a ambos lados de la frontera. Una buena intención del gobierno federal, sin duda, pero con un diseño estratégico corto y limitado que quedó, simplemente, en una quimera.