Opinión

"Quiero ser un presidente", de Zoe Leonard

 
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En México se tienen notificados 180 mil casos de VIH/SIDA desde 1983. (Cuartoscuro)

“Quiero a una lencha para presidente. Quiero a una persona con sida para presidente y quiero a un marica para vicepresidente y quiero alguien sin seguro médico y quiero a alguien que haya crecido en un lugar donde la tierra está tan saturada de desperdicio tóxico que contraer leucemia no es opcional. Quiero un presidente que haya tenido un aborto a los 16 años y quiero un candidato que no sea el menor de dos males, quiero un presidente que haya perdido a su último amante a causa del sida, que todavía lo vea en sus ojos cada vez que se acuesta a descansar, que sostuvo a su amante en sus brazos y supo que estaba muriendo. Quiero un presidente sin aire acondicionado, un presidente que haya esperado en la fila de una clínica, en la oficina de tránsito, en el seguro social y que haya estado desempleado y sido despedido y sexualmente acosado y hostigado por ser gay y deportado. Quiero a alguien que haya pasado la noche en los separos y que le hayan quemado una cruz en su jardín y que haya sobrevivido una violación.

“Quiero alguien que haya estado enamorado y lo hayan lastimado, quien respete el sexo, quien haya cometido errores y aprendido de ellos.

“Quiero una mujer negra para presidente. Quiero a alguien con mala dentadura y con actitud, alguien quien haya probado la asquerosa comida de hospital, alguien transvestido y que haya consumido drogas y estado en terapia. Quiero a alguien que haya cometido desobediencia civil. Y quiero saber por qué esto no es posible.

“Quiero saber por qué empezamos a aprender en algún punto del camino que un presidente es siempre un payaso: siempre un Don Juan y nunca una prostituta. Siempre un patrón y nunca un trabajador, siempre un mentiroso, siempre un ratero y nunca atrapado”.

I want to be a president ("Quiero ser un presidente"), Zoe Leonard, 1992. Traducido al español por Patricia Martín, Cristina Ortega Nava y Diego Salvador Ríos.

Esta pieza/manifiesto escrita por Zoe Leonard en 1992 podría leerse como obsoleta. Pero lo cierto es que después de 24 años, lo único caduco de esta posición se encontraría en las temáticas desde donde enuncia. Porque a profundidad, en el entramado de su significado, en la complejidad de la situación que evidencia, la condición bajo la cual fue escrita permanece tal cual hasta nuestros días.

No es necesario hacer una adaptación o creolización de su postura, me refiero a llevar las analogías del sida por los ‘muertos de hambre’, ‘los muxe’, ‘los putitos’ y ‘lo machote’ de los mexicanos, que todavía nos seguimos sintiendo ‘los bien cabrones’ y, peor aún, celebrándolo. No habría que cambiar el seguro médico y clínicas que no tenemos por la exigencia de funerales dignos, al menos fuera de fosas comunes, o con el mínimo respeto a ser reconocido, enterrado y velado dignamente. No tenemos que hablar de presos políticos, o más común aún, los presuntos culpables. No es necesario mencionar a todos los huérfanos que nos ha dejado la supuesta guerra contra el narco, o mencionar a todas las madres solteras o pueblos abandonados en nuestro territorio a causa de toda la población que emigra a falta de trabajo y posibilidades en busca de una mejor vida. Mucho menos mencionar a los baleados o ametrallados, ni todo lo ondeado, alterado y taquicardio de nuestra cotidianidad.

No es necesario evidenciar los traumas o problemáticas de estas coordenadas para que la enunciación que hace Zoe Leonard en su manifiesto tenga sentido.

Para que sus analogías de marginalidad, de desigualdad, nos permitan entender que más allá de luchas específicas o condiciones particulares, la cuestión está en el por qué hemos naturalizado y normalizado todas estas diferencias. Y peor aún, los abusos del poder, lo superficial y ridícula que se ha vuelto la práctica de nuestra democracia, lo burdo y absurdo de nuestra política, que cada día se parece más a una transmisión de Chespirito, o la imposibilidad de acción que el panorama nos supone para reclamar o transformar cual sea de todas estas condiciones.

El trabajo de Zoe Leonard se ubica justo en este punto. En ser el registro de ‘lo que se está perdiendo cuando se progresa’, y de ahí que no sea casualidad que uno de los principales medios del trabajo de la artista sea la fotografía, que coincide directamente con el interés del registro. Desde ahí su interés por la economía y su formalidad e informalidad, por la acumulación, por el consumo, por los desechos, por la merma y el desperdicio, por lo que pierde continuidad, por lo que se oferta y se vende, por el desarrollo y el subdesarrollo, por nuestra política.

Para desde aquí, en todas estas contradicciones de nuestra vida diaria, buscar la alineación de una congruencia propia desde donde relacionarse con la realidad, permitiendo dirigir las cuestiones a unas de carácter ético. En momentos acelerados en los que lo ético parece no tener tiempo para ser reflexionado, pero sí desde donde todo se permite ser justificado. La congruencia de Leonard no se limita a su trabajo y la relación que guarda con el mundo del arte y su mercado, sino que se expande a la vida y a una forma de operar dentro de esta sociedad apabullante.

¿Qué es aquello que cambia, que desaparece?, ¿y qué es aquello que se mantiene?, ¿y cómo es que se mantiene, desde dónde, con qué adaptación? ¿Qué es lo que no estamos viendo, lo que se vuelve imperceptible en la oscuridad?

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