Opinión

Quiero estar solo

     
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Soledad (Shutterstock)

Existe un dilema psíquico profundo que enciende el deseo de pasar tiempo solo, de necesitar pausas de silencio, de ponerle límites a la pareja, a los hijos o a los amigos, con la intención de poder pensar en todas esas cosas extrañas en las que se piensa cuando no se está con nadie.
El dilema radica en que al mismo tiempo que se pelea y se disfruta la soledad, se desea y se anhela la compañía: conversación, sexo, abrazo, consuelo, ternura, ser mirado y mirar.

M. es un viajero frecuente porque se gana la vida piloteando aviones. Pasa mucho tiempo solo en aeropuertos y hoteles y su presencia intermitente ha hecho que todas sus relaciones también lo sean. Tiene una hija a quien ve dos veces al mes y cuando por fin se encuentran para comer, ella se derrota porque es mucho lo que tendrá que actualizarle a M. sobre su vida. Se quieren profundamente pero la relación ha estado matizada desde siempre por la distancia y por el deseo sin consumar de una relación más fluida y cotidiana.

Algo parecido ocurre con las 2 mujeres a las que M. cree – aunque no está muy seguro – haber amado en la vida. Una es la madre de su hija, que después de algunos años de extrañarlo se acostumbró a su ausencia y comenzó a resentir su presencia. Compartir unas vacaciones o dormir juntos más de una semana era tan anormal en sus vidas, que poco a poco ella fue desencantándose, desenganchándose, desenamorándose del siempre ausente M.

Se separaron y él estuvo sin una pareja formal un rato.

Había perdido la brújula sobre cómo mantener viva una relación, el intercambio afectivo lo ponía tenso y era complicado verse en una relación dando y recibiendo. Tuvo varias novias y de algunas olvidó hasta el nombre.

Volvió a entusiasmarse con una mujer muchos años después de su divorcio pero tiene miedo de volverse a equivocar; sabe que en el fondo, tiene una discapacidad para quedarse, para sentir y para preocuparse por los demás.

Desear a otro y querer estar solo desata confusión. Ya lo dijo Barthes: “En nuestra mente, nunca es el otro quien espera”.

Hay un abismo entre los deseos de soledad y los deseos fantasiosos de otro u otros, que no se parecen a las personas que conocemos todos los días. Los deseos están a gran distancia del mundo real y por eso a veces resulta momentáneamente liberador no desear a nadie.

La realidad no es decepcionante. Es el deseo el que es excesivo. El dilema también tiene una dimensión social, que afirma que o renunciamos a nuestro deseo o a la realidad; parece que estamos atrapados en una guerra entre el egoísmo y nuestro interés por los demás. O somos solipsistas o sociables.

Una posible solución a este falso dilema es dejarse distraer de las teorías y de los pensamientos que tenemos cuando estamos solos, por la vida común y corriente. En general, resulta mejor aceptar que somos seres sociales, dependientes y que a partir de nuestra condición de apego, deseamos. También es verdad que si lo privado se lo entregamos completo al ámbito de lo público, alimentamos eso que Winnicott llamó el falso self, que nos aleja de la autenticidad y de la posibilidad de identificar qué es lo que deseamos, al margen de lo externo.

M. llega al hotel después de un día largo de trabajo. No pensó en su novia en todo el día. No la extraña, no le hace falta, pero se acuerda de que existe en cuanto entra a la habitación perfectamente fría e impersonal donde dormirá esa noche.

El egoísmo no amoroso se distingue por desear a los otros solo a partir de las propias necesidades, lo cual es un obstáculo para estar presentes cuando alguien que queremos nos necesita.

La práctica de pensar menos en uno y más en los demás, es un modo de alejarse de formas narcisistas y utilitarias de relación.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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