Opinión

¿Quién tiene derecho a negar que el toro siga existiendo?

   
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Plaza toros

Antes de partir plaza toca agradecer este espacio a los directores del periódico por incluir en este importante medio a la Fiesta Brava, desde aquí mi mayor compromiso y mi gratitud por su confianza.

La fiesta está viva, más viva que nunca pese a los ataques en su contra, ataques siempre bajo una bandera política, con información falsa lo cual es un engaño... otro.

Esta columna se debe al toro y su esencia, a la fiesta y su arte, a los toreros y su vocación de artistas. No es el objetivo escribir en defensa de la fiesta, la misión es difundir con veracidad la esencia de un espectáculo, una forma de vivir y de ver la vida, que va más allá de la corrida de toros.

El toro como especie vive y existe gracias al toreo. Su bravura ha provocado en el hombre la fascinación de hacer evolucionar una especie por medio de una estricta selección genética, bajo diferentes criterios como pueden ser su morfología, su ascendencia y su comportamiento durante la lidia en la plaza de tientas, donde las vacas son toreadas para calificar sus cualidades y defectos. Todo es cuestión de análisis, porcentajes de probabilidad y un poco de azar, como las finanzas mismas.

En México existen 60 mil cabezas de ganado bravo, sólo el seis por ciento de esas reses son destinadas a festejos taurinos, el resto vive en el campo, es cuidado de manera extrema por los ganaderos que destinan más de 500 mil hectáreas a lo largo y ancho de la República como paraísos ecológicos, donde conviven el toro, y más de 12 especies, en total libertad. México cuenta con 261 ganaderías registradas en la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia.

Me atrevo a afirmar que el toro es el animal que mejor vive en este planeta, es cuidado desde su nacimiento, su desarrollo es llevado día a día por gente especializada, genera su simple existencia más de 440 mil empleos directos e indirectos y es una especie que cuenta con el 100 por ciento de sanidad, como la Sagarpa ha validado desde 2002.

Del hato ganadero bravo, las hembras son agrupadas en lo que se denomina una punta de vacas, 20 a 30 animales que han sido seleccionadas para la reproducción y que viven en extensiones de campo inmensas con un semental por año que se encarga de cubrirlas. El producto de este empadre, es de un 50 por ciento hembras y un por ciento machos. Éstas, entre su segundo y tercer año de vida serán tentadas (toreadas en la ganadería) y en caso de superar la prueba formarán parte de una punta de vacas por el resto de sus días. Los machos serán destinados en su mayoría a la lidia en corridas de toros o novilladas, teniendo el derecho algunos por su ascendencia (reata) de ser probados en la plaza de tientas para ser valorados como posibles sementales y quedarse en la ganadería a vivir como auténticos reyes.

La relación hombre-toro ha pasado de ser sacralizada como se puede observar por ejemplo en las grutas de Altamira, con antigüedad de entre 35 mil y 13 mil años, a ser dependiente e indispensable gracias al toreo como expresión artística y cultural.