Opinión

¿Quién le teme a Marcia Tucker?

22 septiembre 2016 5:0
 
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Pablo Picasso (Braulio Tenorio)

Para Paula, en Toronto.

Uno. Los Museos siempre han representado para mí un misterio. Y no sólo porque, en cuanto al asunto del autoritarismo cultural, se mantengan como se mantienen los Directores de Orquestas Sinfónicas (Von Karajan, director y dictador de la Filarmónica de Berlín). Sólo unos chicharrones truenan.

Dos. Tampoco porque, tal es mi tesis, al confinar el Arte, al apresarlo y sacralizarlo al mismo tiempo, explican la irrupción del Arte Moderno. Herejía, sacrilegio. Apostasía. ¿Cómo la España del Museo del Prado, y revuelo de sonatas, no iba a prohijar a Picasso, a Dalí, a Miró, el algún modo a Ramón Gómez de la Serna y al mismísimo Luis Buñuel? Sin que importara que el Arte Moderno llevara inscrito, junto a sus incendiarias proclamas, su Fecha de Caducidad. Salvo excepciones contadas.

Tres. Una conservadora, comisaria (lo de “curaduría” me produce escarlatina), combina la sacralidad del Museo y su “contestación”. La neoyorkina Marcia Tucker (1940-2006). En el rebusque de mi biblioteca, sobreviviente de no pocos naufragios domiciliarios y sentimentales, me topé con sus memorias: 40 años de arte neoyorkino. Una vida corta y complicada (Turner, 2009, traducción de María Álvarez Rilla).

Cuatro. ¿Complicada? Bueno, hija feucha de una madre judía reina y devastadora (el padre, abogado, por el contrario, próximo, cálido). Un hermano que crece huérfano de padres vivos (como Alfonso Reyes respecto a mi general Bernardo Reyes, todo ojos para el hermano Rodolfo). Para comenzar la vida.

Cinco. Pintora sin talento, encuentra pronto sus dones, que la fraguarán crítica e historiadora y profesora de arte, secretaria del Museo de Arte Moderno, una de las animadoras más osadas, provocativas, de la escena plástica neoyorkina. Confluencia de dos vanguardias. La vanguardia europea que escapa del gas Zyklon y de las Lugger nazis. La vanguardia norteamericana de la Action painting, el Expresionismo abstracto, el Pop. Y el mundo de plutócratas coleccionistas y filántropos de museos.

Seis. Escribirá: “Como me ocurre con las personas, he cometido errores de juicio, la mayoría de las veces por culpa de lo que me atrae lo marginal. Siempre tengo la sensación de que los márgenes tienen más que decir que todo el cuerpo de la página”.

Siete. Tras años de conservadora del Whitney Museum, que si usted va a Nueva York no puede perdérselo, crea su propio espacio de ruptura, el New Museum. El “gran laboratorio norteamericano de las nuevas tendencias e ideas estéticas”.

Ocho. Junto a su quehacer profesional, Marcia vive hasta las heces la vida loca de los 60’s. Activismo musical y teatral, amor libre, comunas, feminismo, “New left”. Perdura, sin embargo, la vocación experimental, las visitas a los estudios de artistas todavía en la oscuridad, jiras de conferencias por todo el país y un grupo coral, The Art Mob.

Nueve. Cientos de amistades, no pocos también tenaces enemigos. Entre las amistades a morir, Liza Lou, pintora y escritora, quien edita con amorosa pulcritud las memorias. Tan o más valiosas que la de Peggy Gugenheim, la del Museo de Arte Moderno en Venecia.

Diez. Mientras leía la vida y obra y milagros de Marcia Tucker, evoqué a Tibi Leof, mi Gertrude Stein de la infancia y primera adolescencia taxqueñas; asimismo sacerdotisa del Arte, capaz de fundir devoción lo mismo a la cultura precolombina de México que a las corrientes del Arte Nuevo. De Europa Max Ernst, Marcel Duchamp; de Estados Unidos Pollock, Warhol; de México, José Luis Cuevas.

Once. Valiosísimos en nuestro medio las visiones y experiencias, los atrevimientos y fracasos de la Tucker. ¿Hace cuánto que las puertas del Museo de Arte Moderno, del Museo Carrillo Gil, del Museo Tamayo, valen igual abiertas que cerradas? ¿Que el Museo de Arte Contemporáneo, en “Cultisur”, es más continente que contenido?

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