Opinión

¿Quién es Malala?

La mañana del 9 de octubre de 2012 un hombre que llevaba un gorro y un pañuelo sobre nariz y boca, subió a la plataforma trasera del vehículo en el que viajaban Malala Yousafzai y otras niñas y preguntó: “¿Quién es Malala?” Nadie contestó, pero algunas niñas miraron hacia la que respondía a ese nombre. El hombre disparó tres veces.

Por esta pregunta, con la que el talibán esperaba asegurar el cumplimiento de su propósito, es que Malala titula su libro Yo soy Malala (Alianza Editorial).

Con esta frase afirmativa, Malala asume el riesgo de ser quien es al tiempo que presenta al mundo su causa.

Esta joven, que estuvo a punto de morir por defender el derecho de las niñas a la educación en un país tomado por los talibanes, ha convertido ese fallido motivo de su muerte en su motivo de vida.

El libro es una ventana para asomarnos a una cultura distante y para aproximarnos a un mundo en el que las mujeres tienen que sobrevivir a un puño asfixiante que pretende reducirlas a la vida sin rostro, a la ignorancia y a un destino sin identidad.

Sin prisa, Malala va contando su infancia y su adolescencia. El texto adquiere una gran fuerza cuando relata la llegada y la opresión de los talibanes sobre la población pakistaní: los hombres forzosamente con barba y las mujeres en su casa, sin escuela ni posibilidades de desarrollo. Todos sin vacunas: “Curar una enfermedad antes de que aparezca es contrario a la sharía”, dijo Fazlullah, el líder de los talibanes en Swat.

A la llegada de los talibanes al valle de Swat, Malala tenía diez años. Había que dejar de oír música, ver películas y bailar. Actos pecaminosos como esos eran los que habían causado el terremoto del 8 de octubre de 2005, y si la gente no cambiaba esos hábitos volvería a provocar la ira de Dios. Meses después los pobladores se deshicieron de sus televisores y reproductores de música, a los que los talibanes prendían fuego.

El padre de Malala, Ziauddin Yousakzai, emprende una lucha diaria por proporcionar educación a las niñas y niños de Swat y por denunciar las atrocidades de los talibanes en un entorno que incluye adoctrinamiento extremista, amenazas, persecuciones y homicidios, mientras la joven amplifica su voz con discursos y entrevistas en las que contrasta su temprana edad con la rudeza de la circunstancia que enfrenta.

Estos son apenas algunos de los episodios que relata Malala, los que develan las diferencias entre la vida en aquella región y la nuestra.

Pero también, sin proponérselo, nos ilustra acerca de las semejanzas: “Los políticos sólo iban allí en periodo electoral, prometían carreteras, electricidad, agua limpia y escuelas… (y) si eran elegidos, no volvíamos a saber nada de ellos ni de sus promesas”. “Ellos son ricos, y el país es pobre, y sin embargo no dejan de saquearlo. A cambio de contratos gubernamentales reciben comisiones de amigos o de las compañías a las que se los adjudican”. “Al final de 2007 la campaña del Ejército no había acabado con los talibanes, el Ejército permaneció en Swat y se le veía por toda la ciudad; sin embargo, la situación se hizo peor que nunca”. “El Estado debe proteger los derechos de los ciudadanos, pero es una situación muy difícil cuando no puedes diferenciar entre el Estado y el no-Estado, y no puedes confiar en que el Estado te proteja del no-Estado”.

Malala denuncia hechos y dogmatismos lamentables, pero también da cuenta de reflexiones y actitudes que confirman que aun en las circunstancias más adversas tiene sentido perseverar en el esfuerzo por lograr un país con equidad y justicia.