Opinión

Querida, encogí al superhéroe


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Ant-man

Más que cualquier otro estudio de Hollywood, Marvel fabrica películas como si fueran McNuggets: todas tienen que verse y saber igual. Los cambios entre ellas son mínimos: sus amenazas son similares, sus villanos salen de un solo molde, sus desenlaces son rosas y hasta comparten look. Tomen una imagen de Iron Man 2 y compárenla con una de Capitán América y verán que hasta los colores se asemejan.

En un esquema comercial que convierte a las películas en productos indistintos es lógico que no haya cabida para voces singulares. Como productora, Marvel ha gravitado hacia directores obedientes y cumplidores: Alan Taylor, cuyo trabajo en Game of Thrones prueba que sabe acatar órdenes y plegarse a un estilo, es un buen ejemplo. Directores más excéntricos como Joss Whedon han dejado la franquicia, citando diferencias irreconciliables con el estudio. ¿Quién puede culparlo por evitar la cola del león?

Cuando Marvel declaró que Edgar Wright, el talentosísimo director de la trilogía Cornetto, ya no dirigiría Ant-Man, sabíamos que era la crónica de un despido anunciado. Wright es demasiado idiosincrático para Marvel; su manejo del lenguaje cinematográfico es asombroso, pero también inconfundible, y esa originalidad jugó en su contra. Un superhéroe de la marca, así sea tan peculiar como un hombre capaz de reducir su tamaño al de una hormiga, necesita a un artista a la cabeza tanto como la preparación de un McNugget requiere a un chef condecorado por la guía Michelin. Para Marvel, el ingenio de Wright debe haber sido un estorbo más que un beneficio.

Peyton Reed, un director mediano, fogueado en comedias románticas destinadas para Canal 5, lo reemplazó. Gracias a él, Ant-Man se ve como un producto típico de Marvel, con todos los elementos de rigor: menciones a los Avengers, un cameo de Stan Lee y escenas ocultas en los créditos. Sin embargo, a pesar de que el estilo es el mismo, el guión –escrito por Paul Rudd, el propio Wright, Joe Cornish (autor de la notable Attack the Block) y Adam McKay, un veterano escritor y director de comedias de Will Ferrell– es distinto. El resultado es una de las entregas más entretenidas del estudio.

Desde Guardians of the Galaxy hasta Avengers y la segunda entrega de Thor, Marvel ha reproducido su fórmula: un arma desconocida amenaza con destruir a un planeta o una civilización, y es tarea del superhéroe en turno acabar con ella y con el villano que pretende usarla. Como la fórmula no cambia, siempre sabemos qué va a pasar. Me gustó la primera de Thor porque Kenneth Branagh tuvo a bien olvidar el destino del universo por un instante y utilizar al rubio enmartillado como vehículo para un cuento distinto: el de un pez fuera del agua (o, en este caso, de un semidiós varado en la Tierra). El acierto de Branagh fue extraer al superhéroe de su fórmula y situarlo en un contexto nuevo, o nuevo para un superhéroe.

Ant-Man representa una apuesta similar. En vez de ceñirse a la pauta, Reed dirige una heist movie, un subgénero del cine de acción en el que un grupo necesita entrar a un sitio bien resguardado para obtener algo (como en Ocean’s Eleven). Con ayuda de Hank Pym (Michael Douglas), el primer hombre hormiga, y un grupo de ladrones “expertos” que incluye al hilarante Luis (Michael Peña), Scott Lang (Paul Rudd, siempre tan agradable) debe encogerse e infiltrarse a un laboratorio para robar el traje que le permitiría al psicópata Darren Cross (Corey Stoll) convertirse en un soldado diminuto e imparable. El final de Ant-Man es una larga y muy disfrutable secuencia de acción, llena de humor, con ecos inevitables de Honey, I Shrunk the Kids, que tiene la virtud de no tomarse tan en serio. Para un estudio capaz de producir tabiques de solemnidad como Winter Soldier, una película sobre un héroe minúsculo, peleando contra un villano con pinta de abejorro a bordo de una hormiga voladora, es una bocanada de aire fresco: justo lo que necesitaba un tipo de cine que está caducando a pasos agigantados.

Twitter: @dkrauze156

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