Opinión

Querétaro, 1917

18 enero 2017 5:0
 
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Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. (Archivo)

Uno. Naturalmente, un profundo movimiento de placas tectónicas de la sociedad fructifica en una nueva Constitución Política. Carta de ruta de la Nación.

Dos. Terremoto que se ordena: 1857, 1917; no artimaña escénica: constitución, galimatías ideológico mejor dicho, de un ex Distrito Federal que seguirá siéndolo en tanto sede de los Poderes Federales (¿o algún Estado de la República, éste sí constitucionalmente Libre y Soberano, los quiere con lo que gastan minuto a minuto?).

Dos. Al igual que en los estudios literarios deslumbró un largo rato la moda francesa de asesinar al escritor de carne y hueso (y sexo y nacionalidad), y a fin de cuentas al sentido mismo (humanista) de la Literatura; deslumbró largo rato el aserto infundado de que la Revolución Mexicana careció de ideas y de escritura.

Tres. Nanay. Nada más falso. La Revolución Mexicana tuvo a porrillo ideas y dio constancia de saber escribir. La de 1917, es escritura constitucional revolucionaria.

Tres. ¿Qué México fraguó la imaginerie de los radicales de distinto signo, del demócrata Madero al socialista Cárdenas (el genuino), pasando por Bulnes, Molina Henríquez, Cabrera, Alvarado y tantos y tantos civiles pensantes en armas? Vale la pena tomarlo (tenerlo) en cuenta.

Cuatro. Lateralmente, el Sufragio Efectivo y la No Reelección (don “Porfis” ya llevaba 30 años en la Silla); de fondo, Tierra y Libertad, Municipio Libre, sí…

Cinco. Pero asimismo Estado Revolucionario Fuerte, División de Poderes, Tutela del Obrero, Nacionalismo Hispanoamericano, Educación Popular, Propiedad de las Riquezas del Subsuelo, Celosa Soberanía frente a la geopolítica extranjera. Y profundo orgullo de la mexicanidad.

Cinco. Aunque lo ignore el discurso oficial del PRI, nieto del Partido Nacional Revolucionario (el PAN ya sabemos para qué nació), y el discurso tecnocrático y vendedor (y últimamente Zen) del Gobierno Federal, la Revolución Mexicana (la primera de 1910 a 1914 y la segunda de 1914 a 1940), tuvo una diáfana Agenda Social.

Seis. Hilo conductor, con diversa trama, del maderismo hecho trizas, del constitucionalismo, del carrancismo, de la hora sonorense, del maximato, del “revival” cardenista.

Siete. Y no se pierda de vista que con todo y el corrimiento al centro (que acabará en la derecha). Ávila Camacho mantuvo a la Casa de España mudada El Colegio de México, creó El Colegio Nacional y los Premios Nacionales y expropió (dato que suelen olvidar los especialistas) los terrenos en los que se construiría la Ciudad Universitaria.

Ocho. Seiscientas y tantas reformas, cifra abrumadora, ha sufrido el texto constitucional de 1917, discutido y redactado con la ciudad de Querétaro como fondo del paisaje.

Nueve. ¿Para adelantar una realidad cambiante? No. En primer término a causa de la impotencia política, rematada con la Insuficiencia presidencial (término de mi cosecha, como el de Fotomedro y el de Diablito Político, robos de energía social ajena).

Diez. En segundo, por la expresión del simulador, hipócrita legalismo hispano (remember la mezcla de codicia y rapiña mudada Municipio de la Vera cruz).

Once. Maligna ha sido la ausencia de políticas públicas para la difusión de la cultura constitucional mexicana. Tradición de la deberíamos enorgullecernos y derivar lecciones que son acciones.

Doce. No confundirla, por favor, con el spot producido por la Cámara de Senadores con motivo del Centenario de la Constitución, en el que pone a hablar a los muros del teatro queretano en el que México se vio, sin melindres, a sí mismo. Spot mala imitación de la estética de la serie radiofónica El Monje Loco.

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