Opinión

¿Queremos ser una sociedad conquistada?

 
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Paseantes en la Alameda. (Cuartoscuro/Archivo)

Pasó el 20 de noviembre prácticamente inadvertido, pero no sin consecuencias. El olvido de la Revolución Mexicana en las festividades cívicas, sin nada qué celebrar ni qué decir en su lugar, tiene costos. En colaboraciones anteriores he subrayado que uno de ellos es que el principal legado de la Revolución, la Constitución Política, la que constituye la legalidad en el país, sea letra muerta al dejar de ser el compendio de objetivos y ruta del proyecto nacional que emanó de aquel movimiento, por no haberse actualizado conforme a sus propios principios.

Otro costo, al que ahora me refiero, es la negación de un futuro nacional propio. Recurro a un ensayo clásico que Daniel Cosío Villegas escribió en 1947, en pleno alemanismo, cuando “el país está en una crisis política y moral de grave trascendencia” al ser “la deshonestidad del gobernante revolucionario, más que ninguna otra causa, la que ha tronchado la vida de la Revolución Mexicana”.

La consecuencia de la corrupción e interrupción de la gesta social, apunta Cosío premonitoriamente, es que “México caminará a la deriva” y que “si no se orienta pronto y firmemente, puede no tener otro camino que confiar su porvenir a Estados Unidos”.

La negación de un porvenir nacional propio es una premisa que han seguido los gobiernos de México claramente desde 1994, cuando presidía Carlos Salinas de Gortari. Vicente Fox lo expresaba con toda simpleza, diciendo que su gobierno trabajaba para alcanzar la “plena” integración de México a Estados Unidos. Por plena se refería a la integración económica, aunque consideraba que debía ser jurídica, cultural y política.

No ocurrió en México lo que Cosío Villegas vislumbraba como un “rayo de esperanza -pálido y distante, por cierto”, que era que de la propia revolución saliera “una reafirmación de principios y una depuración de hombres (…). Si no se reafirman los principios, sino que simplemente se los escamotea; si no se depuran los hombres, sino que simplemente se les adorna con vestidos o títulos, entonces no habrá en México auto regeneración y en consecuencia, la regeneración vendrá de fuera y el país perdería mucho de su existencia nacional y a un plazo no muy largo”. (La crisis de México, cuadernos americanos XXXII, marzo abril, 1947).

Ese futuro nos alcanzó. Hay muchos jóvenes y no tan jóvenes que aplauden que México haya llegado a ser un país sin una ley, ni un proyecto, ni una política de Estado que le dé verdadero contenido a la soberanía nacional, y que se busque en Estados Unidos alcanzar el mito del progreso.

El problema es que con la cesión de largos tramos de soberanía, se ceden principios y valores y se van perdiendo mitos y tradiciones que constituyen la identidad de una nación con historia.

Somos lo que creemos, dice Ortega y Gasset y creemos sólo lo que recordamos. La identidad colectiva es la memoria con la que cada individuo se identifica con sus connacionales, con quienes comparte una particular interpretación de sus experiencias de vida. Dejar que la de otros desplace a la propia equivale a aceptar la identidad de una sociedad conquistada, que del orgullo pasa a la autodenigración.

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