Opinión

Quemar periodistas

    
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Javier Valdez

Un kilómetro no parece mucho, pero es la distancia entre el Estado y la barbarie. En la zona de Tierra Caliente, en Guerrero, un grupo de siete periodistas realizaron un trabajo sobre el bloqueo a las carreteras federales en el estado, la violenta crónica la obtuvieron en primera persona.

Poco antes de las 6 de la tarde, el sábado 13 de mayo, cuando regresaban a Iguala y después de pasar un retén militar, un kilómetro después –la distancia fatal– fueron retenidos por un grupo de 100 jóvenes y niños encapuchados.

“La mayoría tenía entre 15 y 18 años, pero también había niños de entre 9 y 10 años que nos despojaron de cámaras y equipos de grabación con palabras altisonantes, dijeron que no iban a dialogar con nosotros”, nos narra el periodista Alejandro Ortiz, en entrevista radiofónica en Así las Cosas, en W Radio. Su relato es terrorífico por dos razones: el contenido y el tono.

“Cuando ellos mismos constataron que no representábamos un peligro, nos dejaron ir en una de nuestras camionetas, cuando tratamos de negociar y les pedimos que nos devolvieran el equipo, el grupo de civiles, comandados por un joven de aproximadamente 18 años, nos dijo que si no nos íbamos en ese momento nos iban a quemar, por eso nos retiramos. No sin antes lanzarnos la advertencia de que nos íbamos a encontrar con un retén militar más adelante y que si decíamos algo, en el próximo retén de comunitarios nos iban a quemar y nos iban a matar. Por prudencia decidimos contar la historia cuando llegamos a Iguala”.

Su tono es frío y sin sorpresa, lo reporta como otra nota más, como lo ha hecho los últimos cinco años… ahora les tocó a ellos.

Cuántos elementos de un Estado fallido: niños armados, carreteras tomadas, periodistas callados y amenazados, militares de ornamento, zonas perdidas.

Fotografía nítida de la violencia de nuestro país que, para hundirse más, ayer se ha llevado a Javier Valdez Cárdenas, periodista indispensable que, como escribió Juan Villoro, “emprendió la tarea de contar los destinos rotos de un país que escapa a la razón (…) no se concentra en quienes perpetran la violencia, sino en sus víctimas”.

En el prólogo de su último libro parecía conocer su destino: “Quiero con este libro dar voz a mis compañeros periodistas, mujeres y hombres con dolor y pasión, a quienes guardan silencio y a los que silenciaron, a los que les quemaron las esperanzas, a quienes esconden y se entregan, a los que soñamos y nos derretimos en la noche, agobiados, pero despiertos frente a las teclas, acompañados por el latido incesante de nuestro corazón de nuestra pluma, de nuestro viejo y leal cuaderno. Darle voz a los que aguantan la indolencia de empresarios y funcionarios, y aun así redactan su verdad, a los del mitin y la marcha, los de la detención y el discurso oficial, los que eligen la garganta de la noche como último recurso para no morir, los que dicen con sus fotografías quiero vivir, trabajar, sentir. Narcoperiodismo, es también la voz de los compañeros muertos y con ellos, también está nuestro corazón”.

Descansa en paz, Javier.

Twitter: @jrisco

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