Opinión

¿Qué tanto sabemos del enfoque de género y el empoderamiento de mujeres rurales?

Asociación Mexicana de Uniones de Crédito del Sector Social, A.C.

A pesar de que el enfoque de género es un tema en la agenda pública desde hace más de medio siglo, poco hemos avanzado en el entendimiento de políticas, prácticas y métodos para empoderar a las mujeres rurales. Por tales razones, una reciente investigación realizada por el equipo de AMUCSS denominada: “El empoderamiento de la mujer rural: La experiencia de tres organizaciones sociales en México” sistematiza tres casos de los que es posible desprender importantes aspectos del trabajo de organizaciones de la sociedad civil con mujeres rurales.

En un inicio, la investigación plantea una visión amplia del empoderamiento, ya que esto influye en el impacto de las políticas públicas y es a la vez, objetivo de las mismas. En este sentido, además del acceso a recursos físicos y financieros que incrementan el “poder hacer” en las mujeres, es importante lograr un empoderamiento social y psicológico. En el primer caso, el contexto social en el que se desenvuelven las mujeres importa porque pueden darse relaciones de subordinación que pueden ser obstáculos para el desarrollo individual, tal es el caso de los estereotipos o roles que discriminan a las mujeres o las limitan para generar ingresos propios. Asimismo, la confianza y el autoestima son elementos psicológicos necesarios para superar condiciones de discriminación o bien, para emprender y concretar las metas que la mujer se proponga.

Los tres casos estudiados –Centro Comunitario Centéotl, Red Nacional de Mujeres Rurales y Visión Indígena-, muestran buenas prácticas que denotan un entendimiento amplio del empoderamiento. Parte de la sistematización de este estudio, mostró que cada una de estas organizaciones sociales –con orígenes distintos, métodos de trabajo y condiciones de financiamiento variadas- coinciden mayoritariamente en la búsqueda para empoderar a la mujer rural a través del acceso a servicios financieros, principalmente ahorro y crédito. Otro de los elementos comunes ha sido el aprovechamiento de espacios de reunión de las mujeres para capacitarlas y sensibilizarlas sobre derechos y equidad de los géneros –y en algunos casos se ha hecho extensivo a los hombres-, asimismo, coinciden los esfuerzos por generar vínculos de la mujer rural hacia actividades productivas para generar ingresos propios o incrementar el ingreso familiar.

Por otra parte, esta investigación desmitifica algunas ideas preconcebidas sobre las que se diseñan intervenciones a favor de las mujeres, tales como: que todas las mujeres rurales se encuentran en una situación de subordinación por parte de sus esposos, o que los cónyuges están poco interesados en la dotación de bienes durables o la crianza de los hijos, ya que, contrariamente a esto, se observó que para algunas mujeres, el proceso de toma de decisiones pasa por un acuerdo con su esposo o deriva de una planeación conjunta. Así, muchas mujeres obtienen crédito que será co-invertido en la actividad económica de su marido, o bien, algunas mujeres complementan el ingreso del hogar, pero los bienes esenciales para el cuidado de los hijos son provistos por el hombre. En otros aspectos, se observa que muchas de las hipótesis acerca de la solidaridad y ayuda mutua derivada de la formación de grupos de mujeres, tiene algunos matices; toda vez que también pueden ser espacios para el conflicto y la exclusión de mujeres provocada por otras mujeres. En este caso, las organizaciones sociales tienen el gran reto de mantener estrecho contacto con la población beneficiaria para equilibrar estos juegos de poder local.

Finalmente, otra contribución al debate sobre perspectiva de género, desde el punto de vista de las organizaciones que trabajan con mujeres, es el intercambio entre cumplimiento de la misión social y sostenibilidad financiera. Sobre este particular, hay una tendencia de las organizaciones para generar ingresos propios que puede provenir, ya sea de su evolución de ONG a microfinanciera, o bien, hacia empresas de comercialización de bienes que producen sus propias beneficiarias y reducir con esto, la fuerte dependencia de las subvenciones. Esto deriva en el reto de equilibrar la búsqueda de rentabilidad versus el cumplimiento de una misión social, que no significa operar con ineficiencia, sino más bien, implica ir de la mano con una mayor dependencia de apoyo financiero externo, el cual proviene esencialmente de programas gubernamentales, que son temporales, rígidos y poco adaptados a la dinámica social de la organización y de la población a la que atienden.

Estas primeras evidencias muestran que todavía falta mucho por estudiar a las mujeres rurales y a las organizaciones sociales que trabajan en favor de ellas. Existe una veta de investigación para comprender la dinámica de la mujer rural y diseñar intervenciones más adaptadas; así como amplificar el conocimiento para favorecer y fortalecer a las instituciones que tienen una vocación de trabajo con la mujer rural mexicana.