Opinión

¿Qué se aprende con las rupturas?

Jorge le contesta a Mara:

Han pasado 6 meses desde que te fuiste. Ser el abandonado de nuestra historia casi me volvió loco. No solamente por ti sino porque mi orgullo herido ha sido muy difícil de sanar. Tener la solvencia emocional para aceptar que me has dejado de querer ha sido una tarea de todos los días. Recordarte malagradecida y cruel me ha ayudado a extrañarte menos. Ahora no tengo a quien culpar de mis crisis personales, Mara.

Te fuiste y la tristeza sigue aquí; el desánimo, la amargura, el sentimiento de que no me queda mucho por delante. Nada de lo mío era culpa tuya, pero después de tantos años juntos, lo mío era tuyo, lo tuyo mío. En todos los terrenos. A todos los niveles. Yo desaparecí y me volví lo que necesitabas de mí. Ser como un padre bueno, como tantas veces me dijiste, me dio destino e identidad. Olvidé quién era yo antes de estar contigo. Dejé de hacer todo lo que te parecía peligroso o desagradable. Vendí la moto, evité a los amigos que no te caían bien, aniquilé la parte de mí que necesitaba ratos de soledad. Me sacrifiqué pensando que hacía lo correcto.

Lo que conseguimos fue una relación que se desgastó gracias a la falta de espacios individuales. Yo intenté, que imbécil fui, hacerme cargo de tus heridas de infancia. Me sentía un tipazo: noble, generoso y capaz de hacerte sentir segura y protegida.

Me dices en tu carta que nunca tuvimos química sexual. Me pregunto si incluyes en el problema de la química tus barreras, fobias y tabús en la cama. Me mandabas a bañar antes de tener sexo. Mis fantasías te parecían vulgares. Varias veces dijiste que eras mi mujer y no una puta. Poco a poco me desanimé, dejé de buscarte y de desearte. Éramos como dos hermanos desnudos antes del pecado original.

Tengo que confesarte, aunque sé que en el fondo lo sabías y no te importó, que tuve varias “novias” durante estos años. Novias es un decir. Acostones esporádicos para sentirme deseado. Me consolé pensando que lo que nosotros teníamos era suficiente y jamás tuve la fantasía de dejarte por alguna de esas mujeres. Pensé que así vivían todos nuestros amigos. Acuérdate que siempre hablábamos de cómo a todos nos había comido el tiempo y la costumbre.

Cuando descubrimos que no podías tener hijos, la tristeza se instaló en la casa. Nunca entendí del todo tu deseo enloquecido de ser madre cuando llegaste a los 38. Nos cayó encima la tragedia de la infertilidad. Tratamientos, segundas y terceras opiniones, hormonas que te volvían inestable, tener sexo por obligación y con horarios estrictos intentando un embarazo. In vivos, in vitros, in fernal. Hasta que paramos por agotamiento del alma y de la cartera.

Yo también perdí la voluntad de estar contigo pero no podía abandonarte porque te desmoronarías. Esperé pacientemente a que estuvieras mejor. Seguí siendo tu padre y acostándome con otras.

Fuiste mi mejor amiga durante mucho tiempo así que no te preocupes. No te odio. Me ahorraste la decisión. La hija abandonó al padre para empezar una nueva vida y enamorarse. Yo no sé si me entusiasma enfrentar primeras veces de lo que sea a estas alturas. Lo que sí quisiera es retomar mis viejas pasiones. Creo que me compraré una moto y me iré a un viaje largo. Y seguiré bebiendo Mara, porque me gusta y porque ahora no tendré que escuchar tus reclamos disfrazados de amor y preocupación.

Creo que debes regresar a la casa y quedártela. Que no se te olvide que fuimos el mejor equipo del mundo durante 20 años.

Solamente tengo una cosa que reclamarte: he perdido mi capacidad para dormir solo. Si la recobro me daré por curado de ti.

La soledad parece más terrible de lo que en realidad es. Terrible la indiferencia y el frío del desamor.

Jorge.


Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag