Opinión

Que los vampiros paren de sufrir

     
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Only Lovers Left Alive

En la edición especial en DVD de Interview with the Vampire, Neil Jordan, su director, la describe como “la película sobre los vampiros más tristes”. ¿Cómo describiría Jim Jarmusch a los chupasangre de Only Lovers Left Alive, estrenada en México la semana pasada? ¿Los más sensibles? ¿Los más fetichistas? ¿Los más aburridos?

Los tres adjetivos no le van mal a Adam (Tom Hiddleston) y Eve (Tilda Swinton), una pareja de vampiros milenarios –¿o primigenios?– que en sus noches devoran literatura en 10 idiomas, acarician su colección de guitarras vintage y (no miento) conversan con hongos y plantitas en su jardín. Por ética y salud, no matan para beber sangre humana (las yugulares han dejado de ser suministros potables) y para subsistir dependen de hospitales y mercados negros. Eve aún disfruta la vida
–Tilda Swinton hojea libros como un adolescente ve YouPorn–, pero Adam ha empezado a padecer el mismo mal de esos vampiros tristes de Neil Jordan y el afligido Nosferatu de Werner Herzog: ser un vampiro y no matar es una contradicción. Desesperado con la humanidad, pálido y melancólico como figura manierista, Adam ha empezado a coquetear con el suicidio.

Only Lovers Left Alive
arranca con una imagen a la que volverá una y otra vez: un objeto gira en el mismo sitio, ya sea un disco, una grabación o la recámara de un vampiro. Nadie puede culpar a Adam por quererse dar un tiro. Cualquiera estaría harto si tuviera que pasar una eternidad dando vueltas por Detroit.

El abuso del género vampírico a manos de bodrios como Twilight y sus semejantes ha obligado al cine a buscar nuevos ángulos desde donde abordar al colmilludo. What We Do in the Shadows, una comedia hilarante que por desgracia no tiene estreno programado en México, narra la vida de cuatro vampiros a través del falso documental y la parodia. Only Lovers Left Alive también encuentra aproximaciones frescas: sus vampiros no son monstruos, sino melómanos nostálgicos, el mundo les da más tristeza que hambre y no buscan fama (como el Lestat de Anne Rice) sino anonimato: nadie sabe que escribieron las obras de Shakespeare y la música de Schubert o que conocieron a Tesla, a Byron y a Shelley. Si pudieran ver la luz del día, quizás trabajarían en la ONU. O en Greenpeace.

Only Lovers Left Alive es lánguida como un epílogo, llena de intervalos musicales, pasajes solitarios y charlas que, desde el tamiz del cine comercial, no impulsan la historia. La película se desplaza de Tánger a Detroit, en una atmósfera hipnótica, zigzagueando entre callejuelas y minaretes ambarinos y las ruinas postindustriales de una ciudad a punto de convertirse en un terreno baldío. Jarmusch salpica su guión con referencias a los grandes hombres y mujeres que Eve y Adam han conocido, así como a personajes literarios (Daisy Buchanan) y míticos (Dédalo), pero el ejercicio se convierte en un juego de bingo entre el director y la audiencia que eventualmente cansa. La película despierta cuando llega Ava (Mia Wasikowska), la hermana rebelde de Eve, pero estas secuencias, aunque divertidas, no le añaden capas a la relación entre la pareja principal.

Habría sido interesante que Jarmusch explorara el contraste entre un vampiro vegetariano como Adam y una vampiresa carnívora y amoral como Ava con una herramienta más aguda que discusiones anodinas, pero no sucede así. A lo largo de Only Lovers Left Alive, Jarmusch decide no pinchar la superficie. Adam y Eve tienen superpoderes y conocimientos fascinantes –deducen la edad de un objeto con sólo sentirlo; pueden tocar cualquier instrumento–, pero nada de esto urde un tapiz más amplio, una idea más completa o un tema más hondo. ¿Qué implica la eternidad para quien puede conocer todos los secretos? ¿Cuál es el propósito de crear algo inmortal cuando tú, como tu obra, también serás eterno? Detrás de su colección de discos de vinil, Jarmusch hace mutis.

Adam y Eve aman lo que el humano ha hecho, pero desprecian a la humanidad. Es un desprecio extraño: ambos viven rodeados de personas que los idolatran, los quieren, los cuidan y los ayudan. Jarmusch pinta a sus vampiros de víctimas. Otros espectadores quizá así los vean. Para mí, Adam y Eve resultaron unos esnobs odiosos. Me quedo, francamente, con los vampiros berrinchudos de Neil Jordan.

Twitter: @dkrauze156


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