Opinión

¿Qué hacer con un imbécil en la Casa Blanca?

 
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Donald Trump

Donald Trump ha cumplido con las peores expectativas sobre su persona.

Muchos, ante la inesperada victoria, habrían evitado el rencor y los desplantes infantiles, no por generosidad ante los perdedores (sería demasiado pedir), sino por la superioridad que da el triunfo. Al contrario, Trump se sigue evidenciando como un desequilibrado que se enoja y acompleja ante nimiedades, listo para la pelea por cualquier tontería, como si fueron más personas a su toma de posesión que a la de Barack Obama. Permanece en una realidad paralela (o con hechos alternativos, como dijo su consejera Kellyanne Conway), estallando vía Twitter cuando enfrenta algo que lo molesta. El espectáculo es frecuente, patético y terrorífico.

Para México el invierno que empezó el 20 de enero será largo. Es el enemigo perfecto para algunos de sus votantes (no todos), igual de racistas, xenófobos e ignorantes. Un bully goza y se crece buscando humillar, incluso sin motivo. Ayer, al menos, tuvo un tropezón con México, producto de su propia imbecilidad.

Ante la orden ejecutiva sobre el muro, el presidente Peña Nieto enfrentaba hace dos días fuertes presiones para cancelar su visita a la capital estadounidense. El dilema era brutal, porque se tenía que buscar el camino que menos dañara al país. ¿Ir o no? Trump resolvió esa disyuntiva con un clásico tuit bilioso: “si nos vemos es porque aceptas pagar por el muro”. Peña pudo ir, afirmando antes, durante y después, que no se pagaría. Optó por la ruta menos riesgosa e igualmente efectiva: cancelar.

En las siguientes horas la administración trumpiana mostró, a plenitud, una impresionante combinación de inexperiencia e imbecilidad.

Evidenciaron que creen sus propias fantasías (o hechos alternativos).

Realmente pensaron que el Ejecutivo mexicano estaría tan ansioso de reunirse con Trump que haría lo que fuera, o que Peña había comprado la retórica trumpista de que el muro sería algo bueno para México —tan bueno que entonces había que pagarlo.

Ante la cancelación (digna y con un toque conciliador) el vocero oficial se lanzó, al igual que su jefe, como toro ante un capote rojo. La idea de un arancel (impuesto) de 20 por ciento a las importaciones de México fue evidenciado, en minutos, como un castigo a los productores y consumidores estadounidenses (aparte de productores mexicanos).

Mostró, a la vez, que Trump lanzó ideas en campaña sin tener la más remota idea de cómo implementarlas. El único mérito de todo el ejercicio es que se retractaron ayer mismo de la peregrina ocurrencia.

¿Qué hacer ante un analfabeto económico de tal calibre, un improvisado que se enciende cual niño malcriado? Tener mucha paciencia, sangre fría, y sólo reaccionar ante hechos plenamente consumados. Trump no se da cuenta que está dañando a su propio país, y tal vez no lo haga nunca. Pero obtener tiempo, por todos los medios posibles, permitirá que sus compatriotas descubran al imbécil que pusieron en el Despacho Oval. Al menos ese factor favorece a México y es imperativo obtenerlo.

Twitter: @econokafka

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