Opinión

Que feo está el mundo

  
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Niza

Una tía de mi madre, con la profunda sabiduría de sus casi nueve décadas de vida, utilizaba con frecuencia esta frase, hacia el final de los años 70. Nacida a finales del siglo XIX, había visto y presenciado enormes acontecimientos, guerras, la Revolución Mexicana que atravesó como ferrocarril su juventud. La tía Eva, veía el mundo de cambio y de choque generacional de los 60´s y decía “que fea está la vida…..”.

Después del trágico y brutal ataque en Niza, Francia, que se suma a una serie de atentados impulsados por el odio, el fanatismo, el rencor, la xenofobia como el de Orlando, los otros atentados en Francia, el de Bruselas, el de Turquía y muchos más, la vieja frase de mi tía abuela describe con descompuesta precisión el escenario internacional.

Un Reino Unido que vota en sentido contrario al tiempo y tal vez –espero equivocarme- de la humanidad, del diálogo, del progreso, del encuentro. El resurgimiento de los nacionalismos como fiebre epidémica que se extiende por el mundo, pone en grave riesgo lo alcanzado hasta ahora. Los grafitis aparecidos en Londres y otras ciudades británicas contra los polacos, son una tardía y dolorosa remembranza de la persecución judía durante la segunda guerra mundial.

Algo ha fallado gravemente en la construcción de la democracia occidental, que provoca hoy tanto enojo, este extendido rechazo entre la ciudadanía convertida en electorado inconforme. Los políticos “tradicionales” abucheados ayer en Niza misma durante el acto protocolario en memoria de las víctimas, expresa una vez más, este sentimiento de repulsión a la clase política.

El tema es que no se trata de un fenómeno exclusivo de la Europa unificada que sufre y enfrenta sin muchas soluciones, la crisis migratoria, el radicalismo inflamado de unos musulmanes que se autodenominan los auténticos descendientes de la fe verdadera heredada por el profeta. Es un fenómeno que se extiende a América Latina con Dilma y con Cristina que son señaladas por amplios sectores del electorado. De Maduro en Venezuela ya ni hablamos, porque a ojos del mundo entero, su incapacidad, su estrecha visión para leer y entender lo que el pueblo reclama, lo tienen al borde del estallido social. Pero también sucede en China que se atreve apenas, de forma tímida y con enorme temor a la represión policíaca y militar, a expresar su inconformidad por las prácticas políticas del único grupo en el poder. Sucede en Austria con el triunfo de unos nacionalistas ultra conservadores, antimiigración, antisistema.

La imperfecta democracia representativa, no es capaz de responder con eficiencia y prontitud a las demandas ciudadanas.

Aunque el atentado de Niza obedece al radicalismo religioso más irracional, los franceses en su abucheo, reclamaron la falta de seguridad, las fallas en el aparato de inteligencia, la inexplicable falla de un retén policíaco que deja pasar a un camión “que vende helados” sin siquiera hacer una revisión de su interior. Es la ciudadanía gritando “y ustedes para que están”.

Vivimos tiempos delicados, donde la ancestral desconfianza entre el monstruo ruso, revive ante una OTAN activa, movida, en fase de reclutamiento de Ucrania, de Estonia, de Lituania, de todos cuantos pueda, provocando un cinturón o la percepción de un círculo que parece ahogar al nada estable ni mucho menos confiable presidente ruso. Pare demostrar su fuerza, toma una porción de Ucrania, invade, nacionaliza y le dice al mundo, “aquí estoy, no me aprieten porque pateo”.

En Estados Unidos, en el proceso electoral más competitivo y confrontado de su historia reciente, aparece un empresario bravucón, boquiflojo que inflama los sentimientos nacionalistas, antiinmigrantes, y exhibe lo peor de una nación que pretende revivir la nostalgia de la superpotencia. Un sentimiento presente también en el Brexit, que se movió por los mismos resortes y con discursos paralelos. “Hagamos fuerte a América otra vez”, “Recuperemos nuestra nación de regreso”.

La Unión Europea, tal vez la expresión más evolucionada y avanzada en la historia de la humanidad, para construir acuerdos, consensos, valores, derechos, paz y mecanismos de comprensión, hoy está gravemente cuestionada, señalada, herida por la pérdida de uno de sus integrantes más importantes.

El mundo está feo, se descomponen frágiles hilos de estabilidad; reaparece la xenofobia, el desprecio racial, la intolerancia, la ilusión de que todo pasado fue mejor (“estábamos mejor solos”).

La ONU, burocratizada y marginada desde hace años, se convirtió en un ejemplo de la “decoración diplomática”, donde existen los foros y los embajadores, cuya trascendencia se reduce a cero. Un modelo tristemente replicado por la UE, detonador de los euroescépticos.

El mundo está feo porque retrocedemos en vez de avanzar, porque destruimos canales y vías de diálogo y entendimiento, y volvemos a los bombardeos y las venganzas (Francia descargó bombas ayer en territorios de Siria e Irak bajo control del Estado Islámico).

¿Qué va a hacer Francia con 5 millones de ciudadanos de orientación islámica? ¿Cómo evitará la repetición inacabable de “lobos solitarios” que se inmolan en nombre de una causa difusa, confusa, extraviada? ¿Qué va a hacer el Reino Unido con más de un millón de polacos que llegaron a residir y trabajar con el respaldo de un marco jurídico vigente? ¿los van a expulsar? ¿quién va a hacer esos trabajos? ¿Qué va a pasar con –por lo menos- 11 millones de mexicanos indocumentados en Estados Unidos en caso de que el orate Trump gane? ¿los va a correr? ¿los va a mandar a construir su muro?. El mundo está feo.



Twitter: @LKourchenko

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