Opinión

¿Qué es la preocupación?*

      
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Preocupados. (Shutterstock)

Es posible que una de las palabras que mejor describen la vida adulta contemporánea, sea la preocupación. Casi como si se tratara de un sinónimo de responsabilidad, nos hacemos grandes y la preocupación se vuelve protagonista.

Todo comenzó cuando nacieron sus hijos, cuando tuvo su primer trabajo, la primera vez que se endeudó con una tarjeta de crédito, cuando se casó, cuando dejó de vivir con sus padres, cuando sus hijos llegaron a la adolescencia, después de que murió su padre, cuando su madre enfermó: así describen algunos, el momento que marcó un cambio en su forma de relacionarse con la incertidumbre del futuro, pasando del desenfado adolescente a la preocupación adulta como una actividad predominante de la mente.

Preocuparse es uno del sentimientos más familiares de la época moderna y pareciera que además, simple consecuencia de realidades demandantes como los hijos, el dinero, la vida laboral o la salud; sin embargo, preocuparse es sobre todo expresión de las dudas que tenemos sobre nuestras capacidades y sobre lo que hemos construido a lo largo del tiempo.

Siempre vale la pena preguntarse en qué estaríamos pensando si nos preocupáramos menos, porque puede ser una actividad mental estéril aunque también es una forma de relación, como cuando le decimos a alguien que estamos preocupados por él, acusándolo de nuestra intranquilidad.

Si lo pensamos, fue fundamental para la sobrevivencia que en la infancia alguien que se preocupara por nosotros, aunque si ese cuidador primario era temeroso, es probable que como adultos nos preocupemos por todo.

También podemos cuestionar para qué usamos la preocupación, qué significa en el intercambio con los otros y qué dice del carácter. Hay padres que se relacionan con sus hijos mediante la preocupación. Solo conversan con ellos sobre cómo deben ser más responsables, pensar en el futuro, cuidarse de los peligros y hacen tantas recomendaciones, que la conversación se parece más a un monólogo agotador e improductivo como forma de educar.

A veces ocultamos lo que nos preocupa y es elocuente a quién elegimos como confidente para contarle lo que nos quita el sueño. Algunos psicoanalistas dicen que la preocupación evita que soñemos algo que no queremos y en ese sentido, puede entenderse como un acto defensivo, porque en los sueños solemos revelar deseos ocultos, miedos y hacer reportes retrospectivos sobre las experiencias que hemos tenido en la vigilia.

“Las preocupaciones son creaciones de la imaginación, pequeñas pero épicas historias de fracaso personal y catástrofes anticipadas”. Así que son inventos de la mente y no producto de la realidad como solemos pensar. Sin embargo, cualquier desgracia inventada es menos mala que un futuro inimaginable. Por eso la preocupación también sirve a veces para tranquilizarnos. Una paradoja más de la vida mental.

Aunque sufra en apariencia, hay quien disfruta preocupándose, porque es su modo habitual de pensar, de acercarse a los demás y de estructurar una agenda de solución de problemas. Un carácter obsesivo, perfeccionista, depresivo o catastrofista, será más proclive a la preocupación.

Preocuparse es una actividad absorbente para la vida de muchas personas. Podemos ser víctimas pasivas de las preocupaciones o desarrollar algún poder para domarlas, si logramos separarlas de nuestra identidad: no es lo mismo decir “me preocupa” que “estoy preocupado por algo”. Quien se preocupa sufre, pero también hace sufrir persiguiendo, atormentando y acosando a sus objetos de preocupación.

La preocupación también ha sido explicada como un deseo que se presenta en forma persecutoria. Preocuparse por ser despedido del trabajo podría ser el deseo de que así ocurra. Angustiarse por la posible infidelidad de la pareja, a veces encubre el deseo de ser traicionado. La consecuencia de los deseos persecutorios, también llamados preocupaciones, es el sufrimiento por adelantado ante un futuro inexistente.

La preocupación no es la única respuesta ante los obstáculos y ante lo inesperado. Describirla así es darle el carácter de ingobernable, como si no se tratara de una invención que tiene mucho de fantasía catastrófica y a veces, muy poco de realidad.

*Basado en el ensayo de Adam Phillips:
“Worrying and its discontents”, en One Way or Another, Penguin Group, 2013

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

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