Opinión

Que el árbol deje ver el bosque

Fernando Curiel

Como habíamos anticipado, se ha desatado ya, en “medios” y recintos, instituciones de toda suerte, la conmemoración (re-glorificación) de Octavio Paz Annus Octavius.

Y, como toda conmemoración, la del escritor, uno de los grandes de las letras hispanoamericanas, oscila entre el puro gesto ritual en obsequio del calendario fatal (fenómeno que hemos llamado: “El golpe avisa”) y la oportunidad, normalmente perdida, de la valoración profunda.
Péndulo

Hasta ahora, la tendencia parece inclinarse al primer lado. Unanimidad que recuerda la “Cargada”, que tanto y tanto se reprobó al PRI en sus tiempos hegemónicos, de carro completo.

Cuando se daba por hecho que el Tricolor encarnaba la Revolución Permanente, con el PARM de equipo de segunda división; y el PAN a su vez, a la Reacción. Algo así como Zapata y Villa versus Santa Anna e Iturbide.

En esta tendencia, puramente gestual repito participa la oportunista Comisión Paz de la Cámara de Diputados; los “spots” con los que la W ya empieza a acatarrar al Sufrido Auditorio; y los actos (digamos) litúrgicos de la (digamos también) de la Iglesia Paz. Voces de feligreses.

Aunque, del mismo lado, suena más razonable el caudal de ediciones y reediciones que encabeza el Fondo de Cultura Económica; bienvenida toda condición de posibilidad para la lectura.

Y ojalá no se olvide que algunas primeras ediciones de don Octavio deslumbrante ensayista (Las peras del olmo) y traductor (ni más ni menos que de Pessoa), llevaron el sello UNAM .

Así ocurrió con títulos de nuestros principales “humoristas” (por decir lo menos): el centroamericano Augusto Monterroso y el portaleño Carlos Monsiváis. Respectivamente, Obras Completas y otros cuentos y A ustedes les consta.

Y al parejo que el acelere de los diputados, son de esperarse (temerse) las declaraciones de nuestra Clase Política, tan proclive a lo que hemos llamado el “Fotomedro” (recuérdese lo sucedido con aquel equipo infantil de basquetbol, que puso de moda andar descalzos por los pasillos de San Lázaro); y que ahora nos recitarán su deuda con Octavio Paz.

Con su Laberinto de la soledad (por aquello de la mexicanidad del mexicano); su Festín de Esopo (por aquello del lenguaje); su Posdata (por aquello del Tlatoani y La Pirámide) su Ogro filantrópico (por aquello del Estado hasta la sopa). Etcétera.

Lo que no aparece, todavía, es la valoración crítica de fondo. Aquella que incluya, por supuesto, elogio y censura, pros y contras, aciertos y desaciertos, enterezas y desfallecimientos, valentías y concesiones, éxitos y fracasos, luz y sombra y opacidad; todo ello en ponderado equilibrio.

Lo que pone en claro el pasado completo. Deudas, influencias reconocidas o bien ocultadas; los días del oscuro anonimato.

O hagiografía, esto es historias de santos.

O biografía sin concesiones que, incluya, por fuerza a los “otros”; los compañeros de viaje y el contexto familiar y social del que, por más excepcional que se sea, se es producto.

“Yo soy yo y mi circunstancia”.

No: “yo soy yo y mi circunstancia que soy yo mismo”.

Pues bien: en el ánimo de primeros auxilios ante el Tsunami celebratorio, me permito ofrecer algunas claves, precauciones.

Primera. Paz no es producto de una generación espontánea sino de una Generación. La nacida en 1914 que, a los seis años de edad, cuando se supone que somos ya la persona esencial que seremos, o sea en 1920, guardará, como recuerdo profundo o inconsciente, el asesinato de Venustiano Carranza; solo y su alma en una choza de la sierra poblana.

Asimismo, recordará, con sus consecuencias, el ascenso al poder de los revolucionarios sonorenses: Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta, Benjamín Hill (la calle que hay que recorrer, como lo hacía Paz en los cincuenta, para arribar a la Capilla Alfonsina.

Menciono, claro está, a los constructores del Nuevo Estado Revolucionario (pero con vasos comunicantes con el Viejo Régimen, el porfiriato).

Generación, en fin, la de Octavio, a la que marcarán, además de sucedidos nacionales (con una Ciudad de México todavía principal capital provinciana de la República), internacionales.

Crack financiero del 29 (que anticipará las escenas de las torres gemelas de las que llueven cuerpos); ascensos de la República Española (a la que seguirá la Guerra Civil), del fascismo italiano y alemán (del que hoy afloran la Teoría de las Ruinas Futuras y el saqueo obsesivo del gran arte europeo); los procesos de Moscú (inspiradores de la novela de Orwell); el inicio, arranque y desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Y paro el carro aquí, en 1945.

Años, en México, del cardenismo, la Escuela Socialista (revolución de escritorio de Narciso, que lo era, Bassols), la expropiación petrolera, el corrimiento al centro de Manuel Ávila Camacho.

¿Nombres de la chamacada coetánea de Octavio Paz?

Por supuesto.

Neftalí Beltrán, presente.

Efraín Huerta, presente.

José Revueltas, presente.

Y numerosos y brillantísimos son los coincidentes integrantes de generaciones anteriores.

Se acaba el espacio. Sólo menciono que el segundo auxilio, precaución, es la lectura del ensayo “El intelectual y la política mexicana” que, en 1965, en Austin, Texas, dictara el sociólogo, agrónomo, economista, historiador, fundador de instituciones culturales, Daniel Cosío Villegas. Toda una mina por explorar.