Opinión

Proteger a cada uno con la fuerza de todos

  
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pistola

¿Pueden ser 70 homicidios dolosos en un mes una buena noticia? Para el estado de Chihuahua lo son porque, según las autoridades estatales, esta cantidad, correspondiente a abril de 2015, es la más baja para un mes desde hace ocho años.

Hay que recordar que en 2014 el promedio mensual de homicidios en Chihuahua fue de 95 y en 2013 de 169.

Con esta lógica, en el Estado de México pueden estar contentos con un promedio diario de 5.4 homicidios dolosos en lo que va de 2015, pues en 2014 el promedio por día fue de 11, para un total de cuatro mil 20 homicidios.

Paradojas de la estadística y su pariente: la tendencia.

Pero no puede hablarse de tendencia, porque muchas de las entidades del país han intercambiado una y otra vez los primeros lugares en homicidios dolosos en los años recientes: Chihuahua, Tamaulipas, Michoacán, Sinaloa, Guerrero, Estado de México, Veracruz…

La violencia va y viene. Aparece, aumenta, se reduce, vuelve a subir. Veneno que corre por nuestras grietas.

Cifras totales aparte, puesto que hay tantas que es difícil saber cuál es la certera. Es un hecho que México padece extremos de violencia.

Quizás alguien diga que me equivoco, que violencia extrema es la de Honduras donde, según datos de 2012 dados a conocer por la Organización de las Naciones Unidas, se cometen 90 homicidios por cada 100 mil habitantes, en tanto que en México, de acuerdo con el mismo reporte, la proporción es de 21.5.

El consuelo de la comparación con quienes están peor es inútil. En todo caso, ¿por qué no compararnos con Francia, donde la proporción es de uno por cada 100 mil, o con Alemania que es de 0.7?

Compararnos con los países que están mejor es un desafío, del que puede derivar un compromiso; compararnos con los que están peor es un consuelo que puede convertirse en un pretexto, en el falso argumento que conduce a la condescendencia.

Lo sucedido este 1 de mayo en Jalisco es una grave llamada de atención. Los delincuentes de la zona, para no llamarlos como quieren que se les llame, enviaron al menos tres mensajes: a) tenemos información; b) estamos preparados para la batalla; y c) podemos ganarla (lo que en este caso equivaldría a lograr que los dejen en paz).

Tienen información porque hay quien se las proporciona; están preparados porque tienen dinero, armas y gente y porque siempre ha sido más fácil destruir que construir, atacar que defender, especialmente cuando la táctica de la delincuencia no se limita a los puntos de tiroteo sino a un vasto territorio, donde no se ha encontrado un antídoto al recurso de robar e incendiar vehículos y con ellos bloquear calles y carreteras.

No es fácil, desde luego, pero los cuerpos de seguridad federales deben encontrar la forma, pues, aunque hay antecedentes, nunca una fuerza criminal había realizado 54 bloqueos en cuatro estados casi al mismo tiempo.

La crítica social, la periodística y la académica son sanas y debe seguir haciendo circular informaciones y opiniones, no hay duda.

Más allá, sin embargo, debe prevalecer la unión, la exigencia y el respaldo a la autoridad para que esto termine. Quienes destruyen no pueden ser exaltados, ni por el velado halago a su cobarde logística ni por la expresión admirativa respecto de sus capacidades destructivas.

Si no funciona lo que se está haciendo, hay que cambiar las políticas públicas y los métodos, pero no debemos dar paso a la confusión.

Los criminales son criminales, no héroes.

Por eso el inciso c) es inaceptable. No, no pueden ganar.

Las circunstancias demandan acciones y resultados extraordinarios. Que nadie se achique. Parafraseando a Juan Jacobo Rousseau, el Estado mexicano debe ser capaz de proteger a cada uno con la fuerza común de todos.

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