Opinión

Prostitución y enfermedad

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil tropezó y estuvo a punto de caer en una oquedad de fuego, el artículo de Rosy Orozco publicado por su periódico Milenio en la sección de artículos invitados.

La activista Rosy lleva años trabajando, realizando una labor seria, en contra de la trata de personas. No le falta razón, medita Gamés, a la activista, la trata debe castigarse con el filo más fino de la ley. Aigoeeei, el filo más fino (fí-fi).

Pero qué ocurre en una piscina de lodo si la activista Rosy no es capaz de diferenciar entre trata de personas y prostitución. Malas noticias, lo que tenemos es un puchero conservador. Rosy ha escrito esto: “el enfermo es el cliente, el usuario que ya se había acostumbrado a comprar sexo a esta red de delincuentes como el virus o las bacterias que enferman al cuerpo sin saberlo”. Aigoeeei.

Si Gilga leyó bien, Rosy Orozco afirma que quienes han consumido o consumen prostitución, son enfermos. Y la forma de afianzar su argumento (es un decir) no tiene madre, para decirlo con la poesía: “Igual que cuando nos aventuramos a comer tacos en la calle, aunque aquí pensamos que lo normal es incluir un servicio que involucra a personas, en su mayoría a mujeres y en particular a menores de 14 años esclavizadas”.

Gil es muy duro (no empiecen) ante estas opiniones. El deseo de tener sexo y comprarlo es como un virus. Anjá, Gil les informa que un alto porcentaje de la población mundial padece esa enfermedad. Quienes compran sexo están enfermos. Sí, gran conclusión. Pero el momento perverso ocurre aquí: “un servicio que involucra a mujeres y en particular a menores esclavizadas”. O sea: todo acto en el cual alguien compra sexo, se convierte en un cómplice de trata. Oiga, Rosy, tranquila, así no ora la onda. Rosy se ha convertido en una señora intratable, intolerable, una agente en contra de la vida y sus modestas salidas al mundo.

Oigan a Rosy: “como en toda afección, existen procesos para atender las enfermedades. Una, muy socorrida, es la biopsia, que es obtener muestras del tejido (como los testimonios de los sobrevivientes) para dar certidumbre sobre el tratamiento a seguir y así eliminar la enfermedad”. ¿Hay un psiquiatra entre ustedes? Si Rosy pudiera declarar a Gil y a su periódico El Financiero como cómplices de trata, lo haría encantada de la vida. Ya, Rosy, tranquila, en la vía ocurren cosas terribles, pero también pasan cosas hermosas. De verdad, Rosy, no se vuelva usted el monstruo de las cavernas.

De verdad, ¿usted cree que la biopsia puede compararse con la trata, o incluso con la prostitución? Que le pachó a Rosy. Una parte muy importante de la prensa suele inclinarse hacia la corrección política, las putas son malas. Perdón, señores y señoras, si las putas no han sido esclavizadas, podrían ser fantásticas y el poeta Sabines pudo ser un sabio.

Dice Rosy: “la sociedad no debe ignorar que está siendo afectada por este cáncer, más ahora que se busca modificar la ley vigente para atenuar el tratamiento y equipararlo a una gripa común”. Ahora resulta, estimada Rosy, que el cáncer es una enfermedad moral? ¿Ha tenido usted cáncer? Si no ha tenido un cáncer, Rosy, tranquila, esa enfermedad no es lo que le han contado, Rosy, es mucho peor. Entonces, y sin ningún respeto, cállese la boca; dice usted un montón de barbaridades, le debería dar vergüenza.

La máxima de Solzhenitsyn espetó dentro del ático de la frases célebres: “La precipitación y la superficialidad son las enfermedades crónicas del siglo”.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX