Opinión

Promesas rotas

   
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Google.org busca apoyar proyectos que generen bienestar social en América. (Tomada de Google.org)

En el proceso de masificación democrática, se hizo fácil ofrecer el paraíso a los votantes. Parecía posible prometer a todos una vida de trabajo moderado que terminase en unos pocos años de vejez tranquila. No se consideró que el crecimiento económico, por definición, implica menos tiempo de trabajo para producir lo mismo, de forma que los empleos disponibles se reducen constantemente. Tampoco se pensó que la vida humana pudiese extenderse tanto, recordemos que al fin de la Segunda Guerra Mundial, que es cuando ocurrió esta masificación, apenas empezaban los antibióticos, y el impacto de la higiene (más importante) no se había aquilatado.

El sistema es insostenible. En estos días, los gobiernos europeos, los que más avanzaron en estas promesas, consumen la mitad de la producción para cumplir con lo prometido, y no alcanza. El gasto en protección social (salud, pensiones, apoyo a niños, seguro de desempleo, vivienda y exclusión social) promedia 30 por ciento del PIB en los países de la Unión Europea. El gasto en salud, parte de eso, va de 9.0 a 12 por ciento del PIB; el de pensiones, de 12 a 16 por ciento en los países de Europa occidental. Si le suma usted educación, que ronda 4.0 o 5.0 por ciento del PIB (aunque hay países que llegan a 8.0 por ciento), más de una tercera parte de la economía se destina a emparejar las oportunidades.

Se trata, indudablemente, de una de las muestras mayores de civilización. El detalle está en cómo mantener ese gasto de forma sostenible. No parece que Europa haya encontrado la solución, porque el endeudamiento de los gobiernos ha crecido continuamente. Y esto lo que significa es que el bienestar de las generaciones actuales se está financiando con el malestar de las futuras. Y si de oportunidades parejas se trata, este arreglo ya no resulta tan bueno como parecía.

De hecho, hoy mismo ya se nota esta disparidad de oportunidades. Millones de personas mayores reciben pensión mientras millones de jóvenes no encuentran empleo. Al mismo tiempo, llegan millones de inmigrantes a conseguir empleo y lo logran. Suena absurdo, pero no lo es: los jóvenes europeos se comparan con sus mayores y quieren un empleo similar al de ellos: moderado, con prestaciones seguras y una vejez tranquila garantizada. Los inmigrantes se comparan con sus mayores, que a duras penas sobreviven, y quieren el empleo que sea. Y gracias a ello Europa puede medio competir y medio cubrir sus promesas. Pero los jóvenes europeos están enojados con sus mayores y con los inmigrantes y, por extensión, con la vida misma.

En Estados Unidos este fenómeno no es igual, porque el estado de bienestar es mucho menor que el europeo, pero aun así ha impactado ya las finanzas públicas. Y el fenómeno de los jóvenes parece ser similar, y el enojo contra la vida se ha convertido en una epidemia de adicciones. La tasa de mortalidad por sobredosis de opiáceos, desde los Apalaches hasta New Hampshire, es de más de 50 por cada 100 mil habitantes. Más del doble de la que tenemos en México por homicidios. Por eso la promesa del muro de Trump tuvo tanto éxito: creen que esas sobredosis son de heroína mexicana. En realidad, la gran mayoría ocurre por medicinas compradas con receta, pero eso no lo ven.

Observe usted que ya no hay forma de prometer más. Los gobiernos occidentales no pueden siquiera sostener las promesas pasadas. Pueden inventarse enemigos, como lo hizo Trump, a ver si los votantes caen en el garlito. Pueden ofrecer un imaginario futuro exitoso, sin tener idea de cómo alcanzarlo. Pero no tendrán mucho tiempo para cumplir. Y el fracaso de esa nueva ronda de promesas va a ser difícil de procesar.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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