Opinión

Prohibido insultar

 
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Así se vivió el primer día del nuevo reglamento de tránsito. (Cuartoscuro)

Reglamento de Tránsito del Distrito Federal. Capítulo 2, artículo 7, fracción I: Los conductores o pasajeros de vehículos…. deben abstenerse de insultar, denigrar o golpear al personal que desempeña labores de agilización del tránsito y aplicación de las sanciones establecidas en este Reglamento.

Las reacciones a este artículo del nuevo Reglamento de Tránsito me han sorprendido. Por un lado, se habla mucho de cómo demostrar que insultaste o denigraste a alguien y por lo tanto, de la discrecionalidad de la multa correspondiente. Por otro, el comentario casi burlón de que eso no se puede controlar, mucho menos evitar, y que usualmente el insulto es bilateral: del conductor o pasajero al policía y del policía al conductor; y no sólo eso, sino el comentario que se repite en varias ocasiones “es que a veces se lo merecen”.

Vale la pena detenerse a pensar cuál es la razón por la que insultamos, o lo que a mi parecer es peor, denigramos a los oficiales de tránsito, y de cualquier otra cosa para este propósito. La impunidad, en primer lugar. Al insultar o denigrar, cambia el tono de la conversación, pero pocas veces tiene consecuencias: sanciones administrativas o de otro tipo. Esa permisividad que se contagia como virus ha permitido que a lo largo del tiempo nuestro desdén por la autoridad llegue a niveles que deberían de alarmarnos.

Pero hay otra razón, una que no nos gusta oír y que incluso nos engañamos y pretendemos que no existe. En la Encuesta Nacional sobre Discriminación de 2010 hay datos reveladores. Al preguntársele a los encuestados las razones por las que se han sentido que sus derechos no han sido respetados, las dos primeras fueron el no tener dinero y su apariencia física. Más abajo en la lista se encuentra el género y el color de piel. En este último aspecto, entre más bajo sea el nivel socioeconómico, mayor es la percepción de ser discriminados por el color de piel.

Dos de cada diez personas de nivel socioeconómico muy bajo han sentido que sus derechos no han sido respetados por su color. Es interesante también notar que al preguntarle a la gente cómo percibía su tono de piel y darles nueve opciones de rostros, la gran mayoría se identifica con tonos claros, más aún las mujeres que los hombres. En términos generales, 40 por ciento de las personas, de acuerdo a esta encuesta, considera que en México se trata distinto a la gente de acuerdo a su color de piel. Es decir, somos racistas.

Hay políticas públicas, existe el Conapred, hay leyes, pero la discriminación existe y es uno de los grandes obstáculos si de verdad queremos tener un país con una mejor distribución del ingreso, con igualdad de oportunidades, con inclusión social, política y cultural.

Pero no sólo tiene implicaciones de justicia social. La discriminación también nos empobrece y detiene el crecimiento económico. La distribución de talento en una población es aleatoria; por lo mismo, identificar e impulsar estos talentos no es una tarea fácil. La discriminación hace que el grupo de talentos sea más chico, por lo que, como país, tendremos menos ideas, menos innovación, menos desarrollo y, en consecuencia, menos crecimiento. De acuerdo al último censo del Inegi, en México hay casi 17 millones personas de origen indígena. Si imaginamos que este grupo es el único discriminado, que no lo es, pensemos en todo el talento que estamos dejando pasar.

El gobierno tiene a la mano herramientas que puede usar para eliminar la discriminación, pero no es el único que puede, ni que debe hacerlo.

La reforma educativa tendría que dar ese siguiente paso, entrenar a los profesores a detectar talentos, a formarlos, a impulsarlos. Ahí está el empuje a la productividad y a la creatividad: al crecimiento. La verdadera reforma educativa está ahí, en dar igualdad de oportunidades a los niños.

Las escuelas privadas también pueden contribuir. No verse a sí mismas sólo como negocios, sino como copartícipes en la responsabilidad de la educación general del país. Si esto permea a la sociedad, seguramente también será rentable.

Por algo está en el Reglamento la prohibición de insultar o denigrar, habla de quienes somos. Ojalá llegue el momento en que no sea necesario que te pongan una multa por hacerlo.

La autora es profesora de economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter: @ValeriaMoy

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