Opinión

Productividad y reformas

El problema económico fundamental de México es la productividad. Eso es tan claro, que incluso está en el Plan Nacional de Desarrollo. Lo que es menos claro es cómo se enfrenta. Las mediciones agregadas de productividad no suelen ser de gran utilidad, y los estudios específicos son escasos. Por eso la importancia del que referimos la semana pasada, del McKinsey Global Institute. Más aún, el fundador de esa institución, William Lewis, escribió hace algunos años un libro titulado El poder de la productividad, que es el texto más útil para entender este tema, y para buscar soluciones a nuestro problema actual.

Productividad es hacer de manera eficiente bienes y servicios que la población quiera comprar. De nada sirve hacer muy bien algo que nadie quiere, ni tampoco producir lo que sí quieren, pero de forma ineficiente. Lewis descubrió que el secreto de la productividad en Estados Unidos estaba en el comercio al menudeo, el más eficiente del mundo, que forzaba al resto de la economía a ser más productivo. En cambio, Japón, el país más productivo en acero y automotriz, tenía un sector de menudeo muy ineficiente.

Lewis no estudió el caso mexicano en el libro, aunque analizó Brasil, Rusia e India, que pueden servirnos de referencia, y que se complementan con el documento reciente. En México, decíamos, un tercio de la población trabaja en empresas de menos de cinco personas y produce dos salarios mínimos. Otro tercio trabaja en empresas que van desde cinco hasta casi 100 personas, y produce cinco salarios mínimos. El otro tercio produce seis veces más, y está al nivel de cualquier país desarrollado.

Lewis afirma que la productividad depende principalmente de la competencia, porque sólo cuando un productor o vendedor siente amenazado su negocio se preocupa por averiguar qué quieren los clientes y por producir de forma eficiente. Es más, dice que ni la educación ni la inversión son elementos que impulsen la productividad, si no hay competencia. Usa como ejemplo el caso de un albañil de San Luis Potosí, analfabeto, que se fue a trabajar a Houston. Sin aprender a leer y escribir, y sin hablar inglés, era tres veces más productivo allá. Porque la empresa tenía que competir, de forma que sabía qué querían sus clientes y cómo hacerlo bien, algo que el albañil potosino rápidamente pudo aprender.

La baja productividad de los mexicanos no es una condición genética ni cultural, no es una fatalidad. Nuestra baja productividad es resultado de décadas de tener una economía cerrada, controlada por el gobierno y por los políticos-empresarios. Mitad capitalismo de compadrazgo, mitad economía colectivista. En la suma, totalmente improductiva, porque ni había preocupación por el cliente, ni por hacer las cosas bien. Era tan ineficiente esa economía que no pudo absorber el gran crecimiento poblacional a partir de 1960, que se convirtió en la economía informal desde 1980. De ahí vienen esas dos terceras partes de mexicanos que hoy producen poco y ganan menos.

Precisamente por eso es imposible “formalizar” la informalidad, sin antes multiplicar su productividad. Y para eso, se requiere competencia, capital humano, capital financiero, infraestructura. ¿Se ve ahora por qué las reformas?