Opinión

Productividad y crecimiento

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“El crecimiento económico ocurre cuando las personas toman los recursos existentes y los reacomodan de tal forma que generen más valor”: Paul Romer.

En términos muy sencillos, podemos decir que la productividad es cuánto producimos en relación a los recursos que usamos para producir. Cuando hablamos de incrementar la productividad básicamente nos estamos refiriendo a hacer más eficiente la forma en la que organizamos los recursos que tenemos –tradicionalmente el capital y el trabajo– para producir más o producir mejor.

Podemos mejorar la productividad aprendiendo a usar mejor las herramientas que ya tenemos. Pero son las ideas, las nuevas ideas, las que nos permiten crecer de forma sostenida. Son las ideas las que hacen que podamos usar anestesia en una cirugía o desplazarnos en aviones. Como señala Paul Romer, el economista norteamericano, las ideas no simplemente suman las posibilidades, las multiplican. Es en las ideas donde está el origen del crecimiento económico.

Los economistas Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, ambos académicos del MIT, argumentan en su libro The Second Machine Age (ed. Norton & Company, 2014) que el mundo está en los albores de una segunda revolución tecnológica importante. La primera fue la Revolución Industrial. La Revolución Industrial disparó una época de crecimiento económico que no se había visto en ningún momento previo en la historia. La revolución a la que se refieren Brynjolfsson y McAfee puede llegar a ser más radical. Estamos viviendo cambios tecnológicos que generan, a su vez, más cambios y más veloces. Los países que permitan el desarrollo de nuevas ideas, es decir, que fomenten la investigación y desarrollo (I+D) y la innovación, son los que podrán beneficiarse más.

¿Cómo medir la productividad? ¿Cómo medir la eficiencia en el uso de nuestros factores?

Una forma, quizá simplista, es comparar la producción obtenida en relación al tiempo que se necesitó para generarla. Con datos de la OCDE, los mexicanos trabajan en promedio dos mil 237 horas al año, significativamente más que las mil 770 horas que trabajan en promedio los habitantes de sus países miembros. Los trabajadores alemanes trabajan “sólo” mil 500 horas en promedio al año. Pero las diferencias son enormes: el valor de cada hora que trabaja un alemán es 49.30 dólares. La de un mexicano no alcanza los 15.

Hay mucho camino que recorrer para mejorar nuestra productividad. El desempeño de México en este sentido ha sido débil. La inversión en I+D, tanto pública como privada, no llega a 0.5 por ciento del PIB, no sólo por debajo del promedio de los países de la OCDE, sino ocupando los últimos lugares de la lista. Pero no es suficiente destinar más recursos a la I+D, la calidad del gasto es lo que hace la diferencia. Incrementar el gasto en educación per se, no garantiza nada. No basta dedicarle más puntos del PIB, si esos recursos se destinan, por ejemplo, a pagar salarios de profesores que no existen.

México puede, y debe, impulsar el potencial innovador del país. Fomentar el desarrollo de clústers regionales de alta tecnología, como el Parque Aeroespacial Querétaro o las armadoras automotrices, que además de registrar un crecimiento considerable han logrado generar sinergias regionales entre empresas y centros de investigación y capacitación. En la medida en la que haya más sinergias de este tipo, la innovación puede entrar en una senda de crecimiento sostenido, generando, a su vez, más crecimiento económico.

El camino para crecer en el largo plazo será sin duda invertir en innovación. Y en este camino, no podemos perder de vista que las ideas generan más ideas.

Twitter: @ValeriaMoy

* La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la
Escuela de Negocios en Harvard

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