Opinión

Productividad
y compensación

El trabajo de los académicos es importante pues nos invitan a pensar y a discutir. Pero a veces incurren en el error de pensar que la complejidad del mundo es reductible a una hoja de Excel o a una regresión.

Carlos Bravo, profesor asociado del CIDE, respondió a mi última columna El salario y la ideología del “libre mercado”, escrito publicado el martes en El Universal. Al criticar mi posición “ideológica”, utiliza gráficas y cifras como camuflaje para defender la ideología alternativa.

Podría decirle al Sr. Bravo que su análisis se equivoca pues analiza sólo salario, no compensación total, influida por fuerte crecimiento en prestaciones; que utiliza índices de precios distintos para deflactar pagos y productividad; que omite los efectos de depreciación acelerada que reducen el ingreso neto, pero exageran la productividad bruta; o que ignora errores bien conocidos que hizo la Oficina de Estadísticas Laborales estadounidense al calcular productividad. Éstos la inflan más de 20 por ciento, y a pesar de ello, la correlación entre productividad y salarios en el periodo que él analiza es cercana a 80 por ciento. También podría decirle que además de compensación, hay que considerar poder adquisitivo.

Gracias a la globalización y al avance de la tecnología, la inflación acumuló 42 por ciento en los últimos 15 años en Estados Unidos, pero el precio de bienes duraderos bajó 14 por ciento. Comparar manzanas con manzanas es cada vez más difícil. El Dr. Martin Feldstein (http://dash.harvard.edu/bitstream/handle/1/2794832/feld_wages.pdf), profesor de Harvard y expresidente del Consejo Nacional de Análisis Económico, Dean Baker de la Reserva Federal de San Luis y Stephen Rose de Georgetown han escrito sobre el tema, confirmando la estrecha correlación entre compensación y productividad. Pero reconozco la dificultad de analizar el tema sin sesgo ideológico.

En vez de esa respuesta “de académico”, lo invito a utilizar el sentido común, el menos común de los sentidos. Siempre se corre el riesgo de buscar datos que se adapten a nuestra ideología y a lo que queremos sea verdad. A veces, la posición más arrogante es aquella propuesta como objetiva, que no se presenta simplemente como opinión.

La productividad en México es un problema, no sólo porque ha bajado en los últimos años, sino porque existen dos Méxicos. Hay reductos en los que somos altamente productivos. El presidente de Volkswagen a nivel mundial dijo recientemente que su planta en México no le pide nada en términos de productividad y eficiencia a las de Alemania. Pero, sabemos que la baja productividad media de nuestra economía impide que a ese trabajador en Puebla se le compense como al de Wolfsburg.
El otro México no es productivo. Dos tercios de las unidades económicas constan de uno o dos empleados, y 28 por ciento de quienes trabajan en comercios no perciben compensación alguna, pues son típicamente familiares.

Sólo una de cada tres mil unidades económicas emplea a más de mil personas, pagan un tercio de la compensación total del país, empleando a sólo 13 por ciento del personal total. Ni siquiera sabemos cuántos trabajadores reciben sólo salario mínimo. En México, emprender es una tarea compleja y nuestro marco regulatorio y fiscal invitan a la trampa e informalidad.

En México un empleado capacitado y entrenado tiene opciones, y por ello percibe un múltiplo del salario mínimo. No es “explotado”, utilizando su vocabulario. Es “explotable” aquel carente de habilidades mercadeables, pues puede ser sustituido por hordas de trabajadores no calificados urgidos de ingreso, cuya única alternativa es la economía informal.

Desafortunadamente para los paladines de la justicia social por decreto, el mercado laboral sigue siendo mercado; sujeto a oferta y demanda. El precio sube si se reduce la oferta o aumenta la demanda. Al crecer la productividad, el trabajador entrenado es más “escaso” y amerita mejor paga, y hay también más demanda total pues habrá más inversión en un país que prueba ser más productivo y más competitivo.

Vayámonos al extremo. Si aumentáramos el salario mínimo a 500 pesos diarios, los trabajadores que aportan menos a la producción serán despedidos. A muchos se les contrataría por debajo de la mesa, pagándoles menos en efectivo, y dejando de darles prestaciones. En el otro extremo, si pagamos 10 pesos diarios, nadie trabajará por tan poco. De hecho, eso ocurre, muchos menos trabajadores perciben salario mínimo de los reportados, se les compensa “por fuera” para reducir el pago de impuestos.

Centremos la discusión en cómo promover inversión y hacer que productividad y eficiencia sean la norma. No poner énfasis en capacitar cuando estamos en plena revolución tecnológica, es suicida. Se debe reducir el peso regulatorio, invertir en infraestructura, fortalecer Estado de derecho y hacer más fácil despedir trabajadores (pues eso hará más fácil contratarlos). De paso, paremos de tajo las prácticas de extorsión de nuestros sindicatos. Si somos competitivos, más mexicanos se beneficiarán de la economía formal. Eso me importa. ¿A usted no?

Twitter: @jorgesuarezv