Opinión

Privilegios y pobreza

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Pobreza

Las sociedades que se basan en privilegios son incapaces de producir riqueza suficiente. Como le decía, así fueron las sociedades tradicionales humanas desde hace 16 mil años hasta hace apenas 500, que fue cuando empezó el cambio en serio en Europa Occidental que nos ha dado como resultado democracia y crecimiento económico. Inseparables ambos, si el crecimiento va a ser continuo y suficiente para colocar a un país entre los más ricos del mundo.

En esas sociedades tradicionales la riqueza provenía de los privilegios, que se asociaban con el nacimiento de las personas, o con su ascenso a través de la burocracia o la guerra. La burocracia, la mayor parte del tiempo mencionado, se confunde con la religión, porque era ésta la que daba legitimidad al Estado. Así que si usted no nacía rico, la única forma que tenía de mejorar su situación era como clérigo o como soldado. Y realmente era un camino pocas veces exitoso. El nacimiento determinaba toda la vida, incluyendo su final.

Esto cambia en las sociedades modernas, porque ya no depende por completo su vida del nacimiento. Empieza a haber otros caminos para la riqueza, no asociados ni a la religión ni a la guerra, aunque éstos siguen existiendo. Puede usted transformar su vida a través de un oficio, un negocio, un conocimiento. Esto no significa que todo mundo la transforme, pero la posibilidad existe. Y esa posibilidad no existía en las sociedades tradicionales.

Pero en América Latina este cambio a la modernidad, como le he comentado, no ocurrió al mismo ritmo que en Europa. Primero, porque como parte del Imperio Español estuvimos alejados de la transformación, y cuando España fue forzada a incorporarse, nosotros nos independizamos. Precisamente para impedir la desaparición de los privilegios. Las élites que independizaron los países latinoamericanos, o como en el caso de México, las que lograron quedarse con el poder 50 años después, mantuvieron los privilegios. Por eso en América Latina no es lo mismo nacer en una familia que en otra, como sí lo ha sido en Europa. En consecuencia, mientras allá la distribución se fue haciendo paulatinamente menos desigual, acá ocurrió exactamente al contrario, empeoró.

En el siglo XX, en América Latina se explotó esta desigualdad con fines políticos mediante una forma que se conoce genéricamente como populismo. Un líder político anunciaba que resolvería la desigualdad si lo apoyaban las masas, rompiendo con el marco institucional vigente (revolución, golpe, plan). Si lo lograba, prometía mejoras económicas inmediatas, transfiriendo de hecho recursos, siempre por encima de lo recomendable. Esta combinación de populismo político y económico es la historia del siglo XX latinoamericano y la explicación de que seamos hoy el continente más desigual y más violento del mundo, y junto con África el que menos creció en el siglo XX (Si consideramos sólo la segunda parte del siglo, crecimos menos que ellos).

Así pues, si usted cree, como yo, que tenemos que acabar con la gran desigualdad que hay en México, y con el escaso crecimiento y ridículo político, el camino es sólo uno: acabar con los privilegios. Pero tenemos un problema: los latinoamericanos quieren tener privilegios. En nuestro continente, la riqueza es admirada, sin importar su origen. Por eso los políticos corruptos y los criminales son impunes. No sólo por fallas institucionales, sino porque son envidiados y admirados. Nuestros jóvenes no aspiran a convertirse en grandes inventores o empresarios, sino en políticos corruptos o capos criminales. Alguno que otro nada más quisiera ser futbolista, claro.

Transformar lo que tenemos indudablemente pasa por el gobierno y las leyes, pero también pasa por esa mentalidad colectiva que tiene miles de años, y que nosotros no empezamos a romper hace 500, como si lo hizo Europa.

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