Opinión

Presupuesto para el campo 2016

 
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Campo. (El Financiero)

Aprobado el presupuesto de egresos para el año 2016, después de un gran revuelo por el anuncio de tener un gasto público de “base cero”, el cual, como se anunció en aquel momento, rompería con inercias y eliminaría programas sin impacto social o económico, deja la sensación de aquélla escena de Walt Disney entre Alicia, el Sombrerero Loco y la Liebre, en donde cambian y cambian de silla, para finalmente quedar en el mismo asiento y en la misma cena caótica.

Esta impresión es la que deja el presupuesto Base Cero para el Campo 2016, reflejado en el consabido Programa Especial Concurrente para el Desarrollo Rural Sustentable (PEC) en donde muchos quizá echarán campanas al vuelo después de incrementos a programas para la construcción de caminos rurales, apoyos a la comercialización, incentivos a maíz y frijol (PIMAF), desarrollo del Sur-sureste, Programa de Atención a Pequeños Productores, entre otros. Más aún, se le dio un incremento a la vertiente Social del PEC, por encima de los aumentos a la Vertiente de Competitividad.

Sin embargo, para otros, estos incrementos no son motivo de festejo porque en esencia no rompen con la inercia e ineficiencia de las estructuras campesinas, ni con las deficiencias de la política pública.

Para poder cantar victoria hizo falta que los Diputados reorientaran el gasto público mediante un mandato expreso en el decreto de presupuesto para que la SAGARPA y otras dependencias involucradas se enfoquen en estrategias de desarrollo territorial, así como romper tajantemente con la regresividad de los apoyos a la comercialización y Proagro (antes Procampo) mediante reglas precisas que asignen subsidios a zonas de muy alta y alta marginación, de pequeña y mediana agricultura, así como impulsar una estrategia de atención multianual para la agricultura familiar en estrecha vinculación con Prospera y la Cruzada contra el Hambre.

Asimismo, la urgencia para hacer un cambio de timón en donde los subsidios se vinculen con acciones para la inclusión financiera, el acceso al financiamiento y seguro agropecuario, la asistencia técnica y la comercializacion a fin de empujar a los pequeños productores hacia la salida definitiva de la pobreza tampoco se logró en este presupuesto.

Por su parte, el “nuevo” Programa de Atención a Pequeños Productores, etiqueta como sus componentes los programas como FAPPA, Joven Emprendedor, PROMETE o PIMAF que operan pequeños proyectos productivos, insuficientes y atomizados que, bajo ninguna evaluación seria muestran tener impacto ni económico, ni social, y sólo perpetúan el fracaso de la política agroalimentaria hacia los más pobres.

Por más de una década, académicos y operadores en el campo, nacionales e internacionales, han señalado estas y otras deficiencias del PEC, su incapacidad para transformar las condiciones del campo, la regresividad de los apoyos y el desprecio hacia los pequeños productores, quienes son atendidos de forma asistencial y mediocre, cada vez más lejos de una integración económica sostenible.

Paradójicamente, el PEC tiene aumentos presupuestales en términos reales y sostenidos desde su creación.

El PEC 2016 no hará sino reafirmar y ensanchar la brecha entre agricultura comercial –que por otro lado no es más competitiva desde la firma del TLCAN- y millones de campesinos empobrecidos para quienes se sigue ampliando la vertiente social y asistencial, que no contribuye a incrementos en productividad, ni ingreso, ni integración, pero que casi siempre resultan altamente redituables como capital político y más para un año de elecciones.

Así, estamos en el país en el que todo cambia para quedar igual, en donde el poder sirve para fortalecer el poder de grandes productores, corporaciones y organizaciones políticas en una cultura basada en privilegios y “relaciones entre cuates”. Un presupuesto más en el que no queda claro qué tendría que ocurrir –además de dos nuevos millones de pobres- para que se empiece a pensar fuera de la caja y de la inercia política, en donde la política sirva para tranformar estructuras anquilosadas y vaya más allá de un ciclo electoral, con una visión de país a largo plazo, digna para todos los mexicanos. Parecía que el presupuesto base cero era una apuesta por esto, pero más bien se quedó en un bonito discurso, complejo para los no especialistas y hueco para los campesinos.

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