Opinión

Presumiendo el fracaso

 
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  [Los cuerpos presentan múltiples impactos de bala./Cuartoscuro] 

La tentación de usar un tono triunfalista de los más recientes datos sobre la reducción de homicidios en el país en 2014, publicado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, el cual informó esta semana que en 2014 se registraron 16 homicidios por cada cien mil habitantes a nivel nacional, es decir, una disminución de 27 por ciento en los últimos dos años, está a la vista.

De acuerdo con el Inegi, los dos primeros años de la administración del presidente Enrique Peña Nieto (2013 y 2014) se registraron diez mil 448 homicidios menos que en los años 2011 y 2012.

Éstas son buenas noticias, ¿verdad? Pues depende. No sólo para el gobierno federal, sino para los gobernadores y en general los gobernantes alrededor del mundo que les gusta usar la tasa de homicidios por 100 mil habitantes como el mejor indicador para definir la situación de seguridad. Usan estos datos para comparar y asegurar que no estamos tan tan mal: “estamos mucho mejor que Venezuela, Honduras, Sudáfrica y Colombia”, argumentan los cínicos.

La gran interrogante es por qué hubo esta reducción. Y si el gobierno federal no tiene respuestas concretas respaldadas por una estrategia clara de esta importante caída en los índices de homicidios, debería de abstenerse en presumir estos resultados. Si no hay una razón clara, esto significa que de la misma forma que cayeron los homicidios, también pueden volver a subir. Así de fácil.

Por eso también sabemos que, al igual que en estos países, el nivel de los homicidios podía empeorar por el simple hecho de que un grupo criminal decide declararle la guerra a otro. Es importante seguir muy de cerca las implicaciones que tendrá la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán. Hay temor de que su organización, el Cártel del Pacífico, vuelva a buscar su monopolio sobre varias rutas en México y en otros países, especialmente en Centroamérica.

El otro gran problema del país es el secuestro. En este momento varias ONG consideran a México el país con más secuestros en el mundo. Sólo el mes pasado aumentaron en el país 30 por ciento, según los datos del Observatorio Nacional Ciudadano (ONC); se cree que las extorsiones siguen al alza.

Pero tampoco puede recurrir el gobierno a la estrategia del avestruz, como lo hizo al inicio de la administración, cuando la única maniobra del presidente Enrique Peña Nieto era tomar distancia de la guerra frontal en contra del crimen organizado que embarcó al país Felipe Calderón, y por casi dos años el presidente se rehusaba a mencionar en sus discursos oficiales temas como el narcotráfico, masacres, guerra o crimen organizado. Tal vez sus objetivos tenían sentido, la Presidencia buscaba que en este sexenio la violencia y la inseguridad que se vive en el país no secuestraran sus mensajes sobre las reformas y el crecimiento económico.

Los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa, las narcofosas en Guerrero, Tlatlaya, policías comunitarios y ahora la fuga de Joaquín El Chapo Guzmán son los temas que están dominando la agenda nacional.

Y seguramente a partir de esta semana la CNTE también formara parte de la nueva agenda de seguridad por las reacciones que se esperan ante el hecho de que el gobernador de Oaxaca les arrancó el control sobre el Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca.

Este gobierno sí pudo marcar una diferencia importante entre la situación de seguridad del sexenio pasado y el actual. El problema fundamental que enfrentó el presidente Felipe Calderón era casi exclusivamente violencia relacionada con la lucha en contra de los grupos de narcotraficantes. En el caso del presidente Peña Nieto, no sólo está la violencia relacionada al crimen organizado, ahora tienen que enfrentar movimientos sociales antagónicos y extremadamente violentos.

Por eso, el gobierno debe tener mucho cuidado en presumir éxitos que podrían convertirse en sus grandes fracasos sexenales.

Twitter: @Amsalazar

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