Opinión

Preparando el desastre

   
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Elección presidencial. (Cuartoscuro/Archivo)

Desde hace tiempo hemos comentado aquí que los temas de la elección de 2018 serán dos: corrupción e inseguridad, que en el fondo son sólo uno: impunidad.

No incluyo el tema económico, porque no tenemos problemas mayores ahí. Esto puede cambiar si Donald Trump decide sacar a Estados Unidos del TLCAN, pero aun así no sé si eso se convertirá en un tema de la elección por sus implicaciones económicas o por un rechazo absoluto a la soberbia estadounidense que tanto nos molesta, y con justa razón. Fuera de eso, la economía está en condiciones normales: crecen 4.0 por ciento o más los estados al norte del paralelo 20.5, y menos de 2.0 por ciento los demás.

Pero la corrupción y la inseguridad no están en niveles normales ni nada parecido. Hay quien cree que la corrupción siempre ha sido igual, pero ahora se discute públicamente. Lo segundo es cierto, ahora estamos persiguiendo gobernadores y funcionarios como nunca antes, e incluso se discute la posible corrupción de funcionarios en activo, entre ellos el mismo presidente. Eso no lo habíamos hecho antes, y qué bueno que es así. Pero todo indica que el nivel de corrupción sí es superior al conocido en el siglo XX, que no era poco. El cambio de sistema político en 1997, que nos llevó a sobornar a los gobernadores con recursos crecientes, convirtió a algunos de ellos en émulos de los peores césares del Imperio Romano.

Y si la inseguridad fue un tema de 2012, que Peña Nieto logró ganar para sí con la oferta de una estrategia que sería exitosa, lo que tenemos hoy es un profundo fracaso. Los crímenes habían empezado a disminuir en cantidad desde 2011, y eso le ayudó en aquella ocasión, pero desde 2015 han vuelto a crecer, y a un ritmo superior al anterior. Nadie puede afirmar hoy que se trata de un problema, ya no digamos resuelto, sino medianamente controlado.

El fracaso ante la inseguridad y la corrupción descarada han llevado al partido del presidente a tener más de la mitad de la población en contra. En las encuestas que conozco, alrededor de la mitad de los mexicanos aseguran que jamás votarían por el PRI. Puesto que la elección la gana el que tiene más votos, aunque no sean más de la mitad, ese enojo generalizado no implica que el PRI no pueda ganar en 2018. Pero sí nos coloca en una situación sumamente peligrosa: se puede gobernar con 30 por ciento de la población a favor, si el resto no está en contra. ¿Se puede gobernar con la mitad del país claramente opuesta?

El problema no es menor. La imagen que tiene más de la mitad de los mexicanos es que los gobiernos del PRI están saqueando al país de forma obscena. No afirmo que esa creencia sea correcta, pero es la que tienen, sin duda, más de la mitad de los mexicanos. Y cuando ve uno la lista de gobernadores bajo proceso o investigación, los montos que pudieron haber desviado enfermos como Javier Duarte o Roberto Borge, y el ataque consistente a las organizaciones civiles que intentan enfrentar la corrupción, es claro que estamos entrando a un camino sumamente peligroso.

No querían elaborar las leyes secundarias del Sistema Nacional Anticorrupción. No han querido nombrar al Tribunal correspondiente. Intentaron dejar sin recursos al Comité Ciudadano. Se ha jugado irresponsablemente con la creación de la Fiscalía General de la Nación. Y ahora que renuncia el procurador, con los casos Odebrecht y Estafa Maestra prácticamente listos, al interino se le ocurre despedir al responsable de Fepade.

Si lo que quieren es convertir la elección en la ruptura del orden social, van bien.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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