Opinión

Prejuicios

     
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Imagen de parejas gay. (NYT)

En 1953, Patricia Highsmith escribió “El precio de la sal” bajo el pseudónimo de Claire Morgan. En los años 50 abordar una historia de amor entre dos mujeres era un escándalo, por lo que la escritora decidió proteger su identidad. Más adelante, la novela fue renombrada como “Carol”, convirtiéndose gracias a un guión adaptado, en una gran película sobre una relación amorosa inaceptable para los códigos culturales de la época.

Esta película está próxima a estrenarse en México y plantea una serie de dilemas humanos con los que cualquiera podría identificarse: hombres y mujeres heterosexuales y homosexuales, enfrentan los prejuicios de una sociedad conservadora como la mexicana, en la que ser diferente tiene un costo. Dice Fernanda Solórzano en su videocolumna “Cine aparte” que el director de “Carol”, Todd Haynes, siempre se ha interesado por historias de seres marginales y marginados por la sociedad. Humanos que se atreven a decidir fuera del guion oficial y que pese a sus conflictos internos, eligen el camino de la libertad de amar a quien quieran.

Rooney Mara, coprotagonista en “Carol”, ha dicho que “para los diferentes la opresión no ha pasado”.

Mara opina que “Carol” intenta mostrar una historia de amor sin importar el género, apartándose de las etiquetas con las que muchas personas definen y encarcelan su identidad. Todos los prejuicios deshumanizan. Dice Wikipedia que un prejuicio (del lat. praeiudicium, ‘juzgado de antemano’) es el proceso de formación de un concepto o juicio sobre alguna cosa de forma anticipada. En términos psicológicos, es una actividad mental inconsciente que distorsiona la percepción.

Todos los días escucho historias en el consultorio que están relacionadas de algún modo con los prejuicios internos y sociales que los pacientes deben enfrentar por ser cómo son. Si son heterosexuales se torturan pensando que deberían desear tener hijos, vivir con una pareja, casarse o permanecer casados. Muchos se sienten culpables por no haber adoptado los ideales con los que fueron educados, porque abandonaron la fe religiosa como parte de su crecimiento intelectual, porque se enamoraron de alguien de su mismo sexo o porque trabajan de modo independiente y no tienen interés en que sus vidas se ajusten a las expectativas de éxito y bienestar impuestos por la cultura. Algunos pacientes son adultos productivos pero en el fondo, son niños asustados de la opinion descalificadora de sus padres, pares o compañeros de trabajo. Muchos homosexuales siguen avergonzándose de sus preferencias y ocultándolas para evitar problemas familiares. Muchos relatan con dolor las miradas de desprecio que siguen recibiendo en lugares públicos cuando expresan afecto por sus parejas. Muchos sienten terror de ser quienes son, por miedo al rechazo y al desamor.

Los prejuicios, en efecto, distorsionan la percepción. Antes de conocer, juzgamos. Por aspectos irrelevantes como la apariencia, o el modo de vestir o por una elección amorosa que esté fuera de la estadística. El peso de la cultura se convierte en represión al pretender unificar pensamientos, sentimientos y formas de vivir y de amar.

Todos los días me encuentro con personas que anhelan vivir una vida más auténtica, libre y menos determinada por las expectativas de los otros.
No deberíamos creer que la falta de humanidad nos es ajena. En cada uno puede germinar la semilla de la discriminación, del juicio sumario hacia las formas de vida distintas. Quizá una de las pocas causas que vale la pena defender, es el derecho de todos a ser diferentes, libres y respetados en los grupos de intimidad y en el gran grupo social.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.

Twitter: @valevillag

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