Opinión

PRD y dos PRI: Cárdenas y Ebrard


 
Aunque la cita de la izquierda refiere la paráfrasis de Marx, citando a Hegel, de que los hechos se presentan dos veces, uno como tragedia y otro como farsa, el PRD podría estarse enfilando a una versión priista de la lucha por la sucesión presidencial de 1994.
 
 
La ofensiva de Marcelo Ebrard para ganar la presidencia del PRD como trampolín de la candidatura presidencial del 2012 ha comenzado a recuperar referentes de lo ocurrido en 1994: la decisión de Carlos Salinas de Gortari a favor de Luis Donaldo Colosio, la negativa de Manuel Camacho a aceptarla y la ruptura en el PRI con la salida de Camacho y Ebrard del tricolor.
 
 
La elección de la próxima dirección nacional del PRD, que se definirá este fin de semana en su XIV congreso nacional, podría salirse de la agenda del corto plazo para meterse, por presión de Ebrard, en la candidatura presidencial del 2018. Todos los indicios señalan que Ebrard no quiere compromisos confusos sino que desde ahora le urge tener escriturada la candidatura perredista.
 
 
El problema del PRD radica en el hecho de que perredistas no quisieran reproducir los conflictos que padeció el PRI en el periodo 2003-2006 que llevaron a que el presidente nacional priista Roberto Madrazo usara su cargo para asegurar la candidatura presidencial del 2006, pero sin permitir el juego a otros aspirantes. Ahí se dieron las dos fracturas priistas que prefiguraron la derrota: con la diputada y secretaria general Elba Esther Gordillo y con el Grupo Tucom (Todos Unidos contra Madrazo).
 
 
Como el PRD opera como priista, entonces las maniobras de Ebrard están sembrando ya las divisiones. Pero no serían nada nuevo. La historia política de Ebrard en los partidos políticos habla no de lealtades sino de aprovechamientos personales: en el PRI del DF fracturó el grupo para hacerse del poder, salió del PRI nacional con Camacho por la sucesión de 1994, estuvo en el Verde por conveniencia, coqueteó con el Panal de Gordillo, fundó el Partido de Centro Democrático, pero lo abandonó y declinó su candidatura para irse a la cargada con López Obrador y dividió al PRD en el 2006 con su candidatura a jefe de gobierno por dedazo de López Obrador.
 
 
De ahí que Ebrard carezca ya no se diga de lealtades políticas, sino de agradecimientos partidistas. El PRD lo acogió como candidato a pesar de aquella frase demoledora de Cuauhtémoc Cárdenas cuando López Obrador lo hizo candidato: entregarle el DF a los salinistas a los que se le quitaron la ciudad en 1997. Como operador del PRI del DF en 1991, Ebrard aplastó al PRD en las elecciones capitalinas con las malas artes priistas.
 
 
En el fondo, a Ebrard no le importa dirigir el partido ni dotarlo de alguna ideología; primero porque usaría la presidencia partidista sólo para apoderarse como Madrazo de la candidatura presidencial; y segundo, porque Ebrard es un pragmático de la política, carece de una ideología formal y su oportunismo lo llevó a transitar por partidos dispares.
 
 
Peor aún, Ebrard tampoco formó parte de la Corriente Democrática de Cuauhtémoc Cárdenas que se enfrentó a la candidatura presidencial de Salinas de Gortari para defender el proyecto nacionalista, porque Ebrard en 1985-1988 operaba en el PRI para la candidatura de Salinas, y luego fue parte de su equipo de primer círculo en la campaña salinista contra Cárdenas y el Frente Democrático Nacional. Y ahora Ebrard es la lanza de López Obrador en el PRD vía el pacto político de Ebrard con el pejista Alejandro Encinas para reventar la elección de dirigencia nacional.
 
 
Pero si Ebrard carece de memoria política, bastantes perredistas no olvidan su pasado y tienen la certeza de que Ebrard sólo quiere usar al PRD como franquicia para una candidatura presidencial de sí mismo en el 2018.
 
 
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