Opinión

PRD: infancia es destino

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Mitin PRD en la delegación Álvaro Obregón. (Tomada de @PRD_DF)

Infancia es destino, decía Freud. Y es cierto. La máxima se aplica perfectamente al PRD. Nació en 1988-89 como un proyecto conservador. Enemigo de la apertura comercial –entrada de México al GATT– y de la liquidación de las empresas paraestatales. Ambas estrategias fueron condenadas enarbolando la defensa de la soberanía nacional.

Los priistas disidentes, fieles al nacionalismo-revolucionario, fueron la columna vertebral del movimiento. El otro gran afluente lo aportaron los socialistas –comunistas, trotskistas, maoístas y otros istas– en el momento en que caía el Muro de Berlín y el socialismo real estaba a punto de colapsarse.

Esa doble marca selló el destino del PRD. Los priistas recalcitrantes postulaban el regreso al estatismo y el proteccionismo. Los marxistas, de todos los colores, se sumaron sin cuestionar y sin hacer –como tantas veces exigió Octavio Paz– un examen de conciencia por el fracaso y los crímenes bajo el totalitarismo socialista.

Doble hipoteca, pues, nunca saldada. Pero no sólo eso. El movimiento nació y se consolidó en torno a un caudillo. Sin la fuerza y el éxito de Cuauhtémoc Cárdenas en el 88, las organizaciones socialistas y los priistas se hubieran dispersado después del 6 de julio. No fue así porque por primera vez en la historia olieron y sintieron que el poder estaba al alcance de la mano.

Es más. La convicción de que en realidad habían ganado y habían sido víctimas de un gran fraude los galvanizó. Había que retomar la lucha para frenar el proyecto antinacional que se estaba imponiendo por la fuerza y la violencia. La polaridad estaba construida: de un lado, el pueblo bueno, cardenista, y del otro, la reacción neoliberal y antinacional. Maniqueísmo puro.

Los cambios y los periodos, a lo largo de estos 26 años, han sido efecto de esa lógica y constitución. Cárdenas ejerció un liderazgo indiscutido de 1989 a 2000. López Obrador desplazó a Cárdenas y se erigió como el nuevo caudillo de 2003 a 2012. Y de 2013 en adelante se impuso la dirección colegiada de Los Chuchos.

La salida de Cárdenas y el rompimiento de López Obrador abrieron, por fin, el debate sobre el programa y la identidad de lo que debería ser un partido moderno de izquierda. Pero ese debate ideológico corría paralelo a otra realidad, la verdadera realidad, la de las tribus, el corporativismo, el clientelismo, la corrupción y la ambición ciega de poder.

Nadie puede dar lo que no tiene. Y los perredistas, por decirlo de alguna manera, habían perdido el alma desde su nacimiento. Fueron cardenistas ciegos cuando Cuauhtémoc representaba el acceso al poder. Después cambiaron de barco sin chistar y se cuadraron ante el nuevo líder que prometía la tierra prometida, es decir, ganar la presidencia de la República.

Nada de eso ha cambiado. Por eso los éxitos sucesivos de López Obrador y Morena, al mismo tiempo que los fracasos y dificultades del PRD, han despertado los viejos instintos y demonios. Los perredistas se sienten, y de algún modo están, al borde de la extinción.

En esa tensión se inscribe la decisión del Comité Ejecutivo Nacional de forjar una comisión de enlace con las organizaciones de izquierda, es decir, con López Obrador y Morena para tejer alianzas. La idea y el procedimiento es grotesco y humillante, toda vez que AMLO ha pregonado a los cuatro vientos que no quiere entendimiento con los perredistas.

Pero la cultura del caudillismo y el servilismo no tiene fin ni fondo. Por eso Silvano Aureoles, flamante gobernador electo de Michoacán, ya le extendió una invitación al “rayito de esperanza” para que emita opiniones y Morena participe en su gobierno. La respuesta fue inmediata: zafo, ¡sapo!

La crisis moral y política del perredismo no se superará con un cambio generacional. La búsqueda del poder por el poder mismo está en el ADN de los perredistas y su culto al caudillo está tan interiorizado como el presidencialismo en los priistas.

Esperar que eso cambie es pedirle peras al olmo. Pero además, López Obrador cabalga de nuevo y no hay quien pueda rivalizar con él en el resto de la izquierda. Así que, como en ocasiones anteriores, su ultimátum será muy simple: soy yo o la derrota, el caos, la nada. Y se impondrá de nuevo.

Twitter: @sanchezsusarrey

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