Opinión

Potter y Cianfrance: multidimensionado


 
 
I. LA AMISTAD MALOGRADA. En Giner & Rosa (RU-Dinamarca-Canadá-Croacia, 2012), ensimismado séptimo filme de la ex coreógrafa vuelta exquisita autora total intimista todavía a los 63 años Sally Potter (Orlando 92, Sí 05), la hipersensible pelirroja de padres anticonvencionales Ginger (Elle Fanning con delicada omnipresencia) y la tranquila pelinegra de familia desintegrada Rosa (Alice Englert) son amigas inseparables desde la niñez londinense, pero al llegar a la inquieta adolescencia, en 1962, exacto durante la crisis de los apocalípticos misiles soviéticos a Cuba, sus intereses empiezan a tomar caminos distintos...
 
 
... pues mientras Rosa se abandona a la dejadez religiosa y al gozo sensual, Ginger se orienta, de manera múltiple y acaso esquizoide, hacia la poesía, la preferencia lésbica e, influida por la pareja de parientes homosexuales Mark dos (Oliver Platt) y Mark (Timothy Spall) y por la tía politicorradical Bella (Annette Bening), asimismo hacia la protesta antinuclear, única forma de lidiar con su angustia erizada, participando en mítines o manifestaciones callejeras duramente reprimidas, y mudándose finalmente a un cuchitril contiguo a aquel donde se ha refugiado su padre de espíritu libre e incluso teórico-libertario Roland (Alessandro Nivola), ambos huyendo de la estrechez moral de la esposa-madre Nat (Christina Hendriks) que acabará optando por una desesperada tentativa de suicidio al enterarse de que el hombre ha embarazado a la joven Rosa, en circunstancias que, por supuesto y en primer lugar, atormentaban también a Ginger, apasionadamente enamorada de su amiga, antes cómplice suya en todo. La amistad malograda consuma el prodigio de recrear bellamente una época hoy poco frecuentada aunque muy idealizada, revalorándola a profundidad, no sólo desde la superficie pintoresca, cual inicio de la Prodigiosa Década de las Rebeldías Juveniles, sino desde la perspectiva de los confusos y dolorosos amaneceres de las conciencias libertarias y, en lo fundamental, desde un intenso punto de vista vivencial femenino y reconcentradamente feminista.
 
La amistad malograda se ubica en un introyectado, si bien detonante, punto neurálgico en donde confluyen, a modo de amalgama doliente, la amistad contrariada, el titubeante lesbianismo inconfeso-inconfesable apenas reconocible o innombrable como tal (incluso por la cinta misma), la escritura literaria sobre una catártica libretita en cualquier circunstancia compulsiva y compensatoria (con Seferis a la cabeza), los arrebatos de celos contenidos en los callejones ebriofajosos, la adscripción emocional a la insumisa figura del padre intelectual prócer más bien visto como injustificable al copular en off nocturno con la ex superamiga en el cuarto de al lado, el visceral repudio a la pasividad conformista que la retrógrada figura materna representa, la autosospecha/sospecha común de enfermedad mental, el rechazo abierto a cualquier forma de normalidad y, ante todo, la militancia civil como sublimación inmediata, expedita, brutal, para compensar todas las infinitas insatisfacciones.
 
Y la amistad malograda trasciende la evocación, la autobiografía transferida, el vértigo de una pinche vida amenazada por la catástrofe atómica de entonces (la de aún, la de siempre), experimentada como inminente y la dimensión trágica íntima, jamás melodramática a semejanza de la madre a distancia, que abarca a la especie humana en su conjunto, a través de ella, la mujer en ciernes, la joven prematuramente usada y envejecida, sublimada y sublime, ya de otra especie única e irremplazable.
 
II. LA HERENCIA MACHISTA. En el lugar donde todo termina (The Place Beyond he Pines, EU, 2012), complejo tercer filme del aún TVdocumentalista de 37 años Derek Cianfrance (Hermano atado 98, Triste San Valentín 10), con guión original suyo y de Ben Coccia y Darius Marder, el itinerante motociclista acrobático Luke (Ryan Gosling tan inasible como en Drive, el escape) enseñorea su machismo mujeriego de pueblo en pueblo hasta que, de paso por el mínimo pueblaco Schenectady (literalmente: “El sitio más allá de los pinos”) del estado de Nueva York, se entera que una de sus amantuchas ocasionales, la guapa y autónoma mesera latina Romina (Eva Mendes) ha engendrado un bebé suyo, aunque ahora ella vive en pareja con el manso ciudadano afroamericano Kofi (Mahershala Ali), por loque, envidioso de la situación y sorpresivamente decidido a asumir su paternidad tan responsablemente como le sea imposible, el showman machista decide arraigar allí, colaborando con el anárquico Rob (Ben Mendelsohn) tanto en su taller mecánico como en asaltos bancarios que aprovechan su rapidez motociclista, intentando recuperar así a la mujer y a su hijo, pero muriendo baleado (fin de la primera parte) por el joven policía atrabancado Avery (Bradley Cooper) que, gracias a ese medroso acto exterminador considerado de “heroísmo altruista”, inicia una insensata carrera como delator de sus compañeros corruptos y político desalmado (fin de la segunda parte), a quien sólo podrá detener y humillar Jason (Dane Detlaan), el traumatizado hijo quinceañero de aquel asaltante ultimado y vuelto aleatorio amigo forzoso del chavo drogadicto AJ (Emory Cohen), vástago del policía arribista (fin de la tercera parte). La herencia machista hace imperar en las tres partes de su saga kilométrica un machismo demoledor, como si los alardes de la violencia innata de éste fueran la normalidad misma y algo consustancial al espíritu popular estadounidense, para luego mejor voltearla del revés y ver la miseria y el régimen de daños morales que oculta, de termina y prodiga. La herencia machista semeja un recorrido y un legado de cicatrices, cual cuerpo y rostro tatuados que pasean prepotentes, incluso más allá de su muerte antiheroica, y sólo posibles de seguir por una acosadora
body camera europea a lo Dardenne, que a veces se desata vertiginosa, como en el virtuosístico antithriller austriaco El ladrón (Heisenberg 10) y otras ocasiones clave se torna contemplativa, como en la hiperrealista vivisección argentina El bonaerense (Trapero 02, cual drama mínimo en otra periferia urbana, pues), con una cámara por completo inmersa o de repente desligada de los acontecimientos, ético-estéticamente involucrada y solidaria con ellos, hasta el acabóse. Y la herencia machista se impone con un tono afelpado y liminar, por medio de esforzados ejercicios montaje en molto legato perpetuo y desliza mientos de una visualidad casi musical, entre las imágenes y al interior de ellas, donde el virilista arranque en plano-secuencia alucinado, el melodrama sentimental a lo Stefan Zweig (Carta de una desconocida), los intensos robos por fractura y el estragante fragor de la droga entre adolescentes se diluyen en una falsa redención que multidimensionalmente pasa de generación en degeneración, cual botín que permitirá recuperar la motocicleta-fetiche del eterno retorno macho hoy legendario.