Opinión

Postales: La cárcel de Pol Pot

PHNOM PENH, Camboya.– Llegar a la secundaria Chao Ponhea Yat es fácil estos días. Se encuentra en los suburbios de esta capital y se llega por un camino estrecho y, como muchos otros en Phnom Penh, polvoso. Hace mucho tiempo que dejó de ser secundaria para convertirse en el corazón de la fábrica de tortura del régimen de Pol Pot, microcosmos del terror del Jemer Rojo (Khemer Rouge), y antesala para uno de los genocidios más grandes en la historia. Esta prisión se le conocía como la S-21, cuyo sobrenombre Tuol Sleng, que significa “la colina de los árboles venenosos”, se convirtió en una metáfora de muerte.

La S-21, acrónimo que proviene de la “S” de Santebal, que en Khmer significa “organización de seguridad del Estado”, y el número que era el código de radio del jefe de la cárcel, era un complejo de cinco edificios que cuatro meses después de la victoria de la guerrilla del Jemer Rojo sobre el viejo régimen, se convirtió en un sitio cuya crueldad se ve todavía en las paredes, con rastros de la sangre salpicada durante las ejecuciones, y en las herramientas que se utilizaban para subordinar al cuerpo y a las mentes para confesar los crímenes que pusieran en su boca sus interrogadores.

La S-21 es hoy un museo que no es visitado en forma masiva, pero que nadie debe dejar de ver. Es una parada éticamente obligada, como lo es visitar Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración nazi a 60 kilómetros de Cracovia, o Hiroshima, la ciudad que desapareció ante la primera bomba atómica lanzada con fines de destrucción masiva. Son lugares que tienen que existir en la memoria para que no se vuelvan a repetir.

Aquí fue la síntesis de terror y la paranoia del Jemer Rojo, la guerrilla comunista que luchó siete años contra el régimen de Lon Nol, al que derrocó en 1975. El Jemer Rojo, que toma su nombre del viejo imperio Khmer y el color de la revolución comunista, fue liderado por Pol Pot, el nombre de guerra de Saloth Sar, un maestro de escuela que se convirtió en secretario del Partido Comunista de Camboya, y primer ministro en los años del genocidio, considerado uno de los de mayor crueldad en la historia universal.

Maoísta y mesiánico, Pol Pot construyó una fábrica de la muerte cuyo arquetipo fue la S-21. Desde el exterior nadie podría darse cuenta de lo que sucedía adentro. Sus muros mantienen el alambre de púas electrificado para evitar fugas, y nadie quería oír los gritos. En su interior se conservan los salones de clase, con todas sus ventanas con barras. En uno está el viejo escritorio de escuela y una silla de metal, frente a la cama sin colchón, donde se ven las cadenas y los grilletes que tenían siempre puestos los prisioneros. En otro, las fotografías tomadas en 1979 por dos reporteros gráficos vietnamitas cuando descubrieron la cárcel, donde se aprecian los cuerpos descompuestos o en medio de charcos de sangre.

El genocidio fue de 1975 a 1979, durante el cual se estima fueron asesinados más de un millón 700 personas, una quinta parte de la población de Camboya en aquellos años, enterradas en 20 mil fosas clandestinas. Comenzó como todos, con el exterminio de las clases medias y aquellos con capacidad intelectual y organizativa que habían servido al régimen de Lon Nol. Los primeros en ser asesinados fueron soldados, maestros, estudiantes, doctores, ingenieros, monjes y obreros. Lo que siguió también es característico de aquellos cuyo poder y violencia deriva en paranoia: una purga. Líderes comunistas y sus familias fueron llevados a la S-21 acusados de espionaje, donde los torturaron y asesinaron por el temor que dieran golpe de Estado.

El clímax del exterminio fue en 1978. La S-21 quedó rebasada, y empezaron a llevar a sus prisioneros a los campos de la muerte, en Boeung Choeung Ek (el estanque de los pies de cuervo), a 15 kilómetros de aquí, a donde se fueron sumando víctimas de otras cárceles secretas. Se calcula que 40 mil prisioneros murieron ahí –de la S-21 arribaban de dos a tres camiones mensuales con prisioneros–, y cada día, decenas de prisioneros eran obligados a cavar sus propias tumbas.

De 1975 a 1979 pasaron por la S-21 más de 17 mil personas, según el Centro de Documentación de Camboya. Al llegar eran fotografiados y escribían su autobiografía. A algunos, de acuerdo a su relevancia táctica, los llevaban a celdas individuales, pero como todos, eran encadenados y dormían sobre el suelo, sin colchón, tapetes, ni cobertores, sin poder hablar. Comían cuatro cucharadas dos veces al día de avena de arroz y sopa aguada, mientras que el agua se restringía al arbitrio de los celadores. En ocasiones, obligaban a los prisioneros a comer heces humanas y beber orina.

La razón de sus asesinatos, según un manual encontrado en la S-21, era su debilidad ideológica. Ese documento, en sí mismo, era un absurdo. Por ejemplo, la sexta de las 10 regulaciones, sobre las que basaban los interrogatorios, exigía: “Mientras reciban los choques eléctricos, no pueden llorar”. Muchos buscaron suicidarse; pocos lo lograron. Menos del 0.001 por ciento fue liberado durante los años del genocidio, y sólo 12 de los que por ahí pasaron sobrevivieron esa cárcel siniestra de un líder delirante para no olvidar.