Opinión

Por un México próspero y justo (I)

 
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México

El pasado martes 3 el Consejo Coordinador Empresarial y los organismos que lo conforman, se dieron a la tarea de organizar un foro deliberativo cuyo acento estuvo puesto en reflexionar, de manera abierta y plural, en torno a cómo construir un futuro mejor para México. Sin duda, el momento no podría ser el más adecuado. México necesita, más allá de metáfora alguna, reconstruirse. Las siguientes notas me sirvieron de base para la participación en el mencionado evento.

Reconstruir, renovar y transformar estructuras averiadas o mal hechas; renovar visiones de nuestro país y del mundo, de su historia desde su presente. Y, desde estos difíciles miradores, obligados por la época y las propias lecciones de la historia, empezar a trazar el mejor futuro y, para empezar, el futuro necesario.

México debe y puede ser próspero a condición de que sea justo. En el mundo de hoy, el progreso material y económico ha dejado de ser visto como el resultado de una injusticia redimible en fecha siempre futura. De lo que se trata hoy, luego de las inclementes lecciones de la Gran Recesión y su secuela, es de encontrar renovadas maneras de conversación entre la acumulación de capital, indispensable para crecer e innovar, y la distribución del ingreso y los frutos del esfuerzo colectivo articulado por la inversión y potenciado por la productividad. Sólo así se puede tener democracia y un Estado legítimo.

Un primer reto para un mejor futuro: distribuir para crecer y crecer para distribuir, para así fincar las bases de una sociedad comprometida con la solidaridad y capaz de sostener un Estado capaz de articular un proyecto nacional de cara a las veleidades de una globalización impetuosa pero sin rumbo claro.

México próspero y justo: sólo así podremos despejar con fortuna la gran agenda del desarrollo nacional en medio, no fuera ni en contra, de la globalidad. Sólo así seremos capaces de contribuir a la construcción de una globalización novedosa a la vez que renovadora; sólida a la vez que dinámica y flexible, lista para adaptarse a las noticias de un mundo en expansión, pero poco generoso; un mundo poblado por una humanidad donde todos son contemporáneos de todos, como quería nuestro gran poeta Octavio Paz, preparado para dar cobijo y auxilio y alivio al vulnerable y vulnerado, de cuyos contingentes está hecha la gran movilización humana, la gran migración, de este y los tiempos que siguen y nos plantean dilemas auténticamente planetarios, cruciales y existenciales como nunca o casi nunca la especie había encarado.

Migración y cambio global, del clima y el entorno, son binomio decisivo y cercano. Que nos obliga a actuar por compromiso internacional e interés nacional. Nada de lo que hoy nos acongoja y entristece puede mantenerse alejado de esta dupla; de hecho, sus dinámicas determinan el desempeño de algunas de nuestras variables maestras. En este sentido el punto de partida indispensable es subrayar la prioridad que lo social deberían tener para lo político, y para las políticas. Así lo postula la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible de la ONU de la cual somos signatarios.

Hace 23 años México iniciaba “a tambor batiente” su entrada a la globalización sellando el camino con la firma del TLC. Estos años nos entregan lecciones clave para el mejor futuro que buscamos. En una nuez: no hay éxito exportador que dure sin un mercado interno robusto, y no hay mercado interno fuerte sin una nueva diversificación productiva profunda, que supone una política industrial consistente. En este terreno los empresarios tienen mucho que hacer pero, también el Estado para propulsar la innovación y la acumulación de capital, la diversificación productiva y social, sin lo cual el desarrollo no puede autosostenerse.

Un mejor futuro para México pasa por crecer rápido para dar empleos; por invertir más, para que ese crecimiento se sostenga; por tributar más y gastar mejor, para que la sociedad se eduque y el cuidado de su salud que llegue a todos; por redefinir cuanto antes el perfil productivo del país, con una nueva industrialización y un desarrollo rural sustentable; por dotarlo de una dimensión regional integradora, una infraestructura potente y un sistema energético poderoso y congruente con el desarrollo sustentable.

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