Opinión

Por un liberalismo crítico

 
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AMLO

En las últimas semanas he leído, y comentado en este espacio, algunos libros (Contra la tiranía, de Timothy Snyder; La mente naufragada, de Mark Lilla; Para combatir esta era, de Rob Riemen; Contra el populismo, de José María Lassalle), cuyo común denominador es una muy clara advertencia: corremos el riesgo de caer bajo un gobierno populista que acabe con las instituciones de la democracia.

Considero necesario transmitir el mensaje de lo leído. Dos pensadores norteamericanos, un holandés y un español, todos con un profundo conocimiento de la historia europea del siglo XX, describen, con algunas variantes, el siguiente escenario: en una sociedad dominada por el miedo (al terrorismo, al desempleo, a la inmigración), surge un líder carismático que afirma que solucionará todos los problemas.

Apoyado en un lenguaje primario y maniqueo,  se nutre y fomenta el resentimiento social. El líder redentor, seguido ciegamente por un pueblo que se siente víctima, intentará conducir al país no al fascismo clásico sino a un totalitarismo de baja intensidad.

¿Suena familiar? ¿Por qué esta descripción de lo que sucede en Europa y en Estados Unidos es tan parecida a lo que vemos aquí? No basta, dicen estos autores --cada uno con diferentes urgencias y modulaciones--, con señalar a la globalización como causante del desajuste profundo que ahora lleva a las sociedades a buscar soluciones fáciles.

En 1989 el mundo celebró la caída del Muro de Berlín y con él el advenimiento de la democracia a escala mundial. Los países detrás de la cortina de hierro abrazaron el mercado y la democracia liberal (China y Vietnam sólo el mercado). Una ola democrática barrió con las dictaduras latinoamericanas e incluso México comenzó una lenta transición a la democracia.

Casi treinta años después la democracia está siendo puesta a prueba. Han comenzado a acceder al poder gobiernos populistas que minan la representatividad y la eficacia de la democracia. La causa, afirman los autores consultados, no se encuentra  en la globalización, viene de atrás, de la Ilustración y su desmesurado afán de racionalizarlo todo.

Las consecuencias de ello están a la vista: juventudes entregadas a la tecnología nihilista. Sociedades volcadas al consumismo huero. Una libertad, en suma, que no produce felicidad sino resentimiento y temor. Esta es la condición actual del mundo de la que se alimenta el populismo. Su fin no es el mejoramiento de la sociedad sino alcanzar el poder y conservarlo a toda costa.

Lo anterior lo argumenta, con enfasis, José María Lassalle (Contra el populismo. Cartografía de un totalitarismo postmoderno, Debate, 2017). Para él “la democracia está en entredicho, porque todo lo que nos rodea también sufre el mismo proceso de impugnación de lo establecido”. 

No se puede, dice Lassalle, pensar con ingenuidad que este embate contra la democracia tiene su origen en la deshonestidad rampante de gobiernos y partidos. Esto es sólo una excusa de la que se vale el discurso populista para “cuestionar la legitimidad de la teoría representativa y los fundamentos de la democracia liberal”.

De forma consistente, Andrés Manuel López Obrador se ha dedicado a embestir a las instituciones democráticas. Cada anuncio de fraude, sin pruebas que lo sustenten, ha contribuido a minar la confianza en el aparato electoral. Su partido se declara ganador y no es capaz de demostrar las actas de su triunfo. Hace un par de semanas vimos cómo López Obrador concentraba sus ataques en el presidente del INE.

Su intención es deslegitimar al árbitro para poder decir, si Morena pierde la elección, que ésta les fue robada, y así poder desmontarla y rehacerla a su modo, si es que ganan. Ha resucitado en Morena Carl Schmidt y su dialéctica amigo-enemigo: de un lado el pueblo bueno y del otro la mafia del poder y cómplices de ella todo el que disienta del líder iluminado.

En España, Podemos y en Estados Unidos, Donald Trump, desempeñan un papel semejante: se valen de las instituciones democráticas para acceder al poder y desde ahí desmontarlas, pasando primero por deslegitimarlas.

Rob Riemen (Para combatir esta era) propone, para salir de este marasmo, que puede durar décadas, una nueva política basada en la recuperación de los valores del humanismo laico. José María Lassalle al respecto se muestra pesimista, para él “la modernidad se esfumó como oportunidad definitiva de progreso.”

No todo está perdido. “El populismo no remitirá si no se le combate”, dice Lassalle. Y para hacerlo hay que confrontar las ideas y el entorno cultural del cual surgió. Es necesario para ello abandonar su lógica del miedo, el rencor y la venganza.

Proponer una alternativa que reescriba el relato de la modernidad resquebrajada. Occidente, sugiere Lassalle, “debe reinterpretarse mediante un liberalismo crítico que invoque una nueva Ilustración”. Un liberalismo crítico que sea “incluyente, que reclame la tolerancia, la diversidad, la estética y la empatía.”

No la regeneración de Morena, que es casi un proceso místico, sino una fortalecida democracia liberal. La democracia es obra de seres humanos y como tal, falible. De nosotros depende si la hacemos “virtuosa o corrupta, fallida o exitosa.”

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