Opinión

¿Por qué somos tan corruptos?

 
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ME. Esfuerzos anticorrupción en México carecen de urgencia.

Bienvenido el nuevo Procurador General de la República, don Raúl Cervantes. No es abogado penalista sino constitucionalista; con ese perfil, su buena reputación y el conocimiento que tiene sobre el andamiaje burocrático, podemos esperar que en breve, se dirija por el camino que lo convertirá en el Fiscal Anticorrupción que con urgencia necesitamos.

Junto con la inusitada violencia, el asunto de la corrupción nos envuelve e impide podamos ocuparnos de aspectos tan decisivos como la salud pública, el desarrollo de la reforma educativa, la deuda y el presupuesto nacional, la lucha contra el hambre y el incierto destino que tenemos en la relación con nuestro principal socio comercial los Estados Unidos.

Los escándalos sobre corruptelas atraen la atención puesto que involucran a gobernadores, empresarios, funcionarios, legisladores y hasta asesinatos de jueces. Es el invariable pan de todos los días. Todo esto, de forma directa está relacionado con la corrupción que propician los juegos ocultos en que la droga, los “cochupos” y las fortunas van y vienen. Seguramente a esos menesteres, se abocará el nuevo procurador pero lo que no está en sus manos, es el mar de arreglos ilegales en que todos estamos involucrados: pagar al camión recolector de basura para que haga su trabajo, darle dinero al policía para que nos deje estacionar en lugar prohibido, pagar a un coyote para que arregle un trámite que debiendo ser sencillo, se complica al infinito y muchos etcéteras más. Nuestro mundo está dibujado y hasta planificado por la ilegalidad. ¿Por qué hemos llegado a que cualquier asunto pase por la aduana de la propina, el moche o la comisión; por qué?

Habrá quien sustente que esto data desde los tiempos de La Colonia cuando la vida era insoportable si no se sometía uno a las exigencias del conquistador. Puede ser, pero ahora, la corrupción se desliza y comienza por las omisiones en la escuela. De la tabla de materias desaparecieron el civismo, la ética y hasta las experiencias artísticas como la música, el dibujo y la buena enseñanza de la historia nacional y universal. A nuestros niños no se les enseña a ser cívicos ni éticos.

La ética es una virtud privada de utilidad pública. Es una probidad que da nacimiento a todo lo demás. Cuando decimos civilidad, urbanidad, ciudadanía, se trata de comportamientos con uno mismo. El civismo es una práctica que se desarrolla en el espacio público de “querer vivir juntos”. Formar la Patria. La ética compromete lo colectivo, es una actitud de adhesión que valora los aspectos de interés general aprendidos en la infancia y más tarde moviliza la capacidad de participación, contribución y de reciprocidad entre las personas. Esto ha desaparecido de las escuelas, los sindicatos, las organizaciones civiles para dar lugar a la negociación oculta, a la transgresión.

¿Cómo se fabrica la ciudadanía; cuál es el sistema de valores que sirve para crear la experiencia individual y colectiva?

La Nación es una asociación voluntaria de hombres iguales y por ello la República debiera ser indivisible. Para ello se necesita confianza en las instituciones, en la formación de los razonamientos que nos lleven a vivir en la legalidad que nos da el derecho.

El sentido mismo del interés general se ha perdido. Lo sustituye el predominio de la rapiña, el abuso, el oportunismo. La degradación de nuestra sociedad nos recuerda que antes que el orden público, está el orden civil. La necesidad de la diversidad y el principio de laicidad fundan la cultura republicana. De este modo, la ciudadanía supone garantías contra la ignorancia y la miseria; así nos enseñaron Atenas y Roma en el advenimiento del pensamiento occidental.

La enseñanza cívica comienza en la práctica de la ciudadanía escolar. ¿Por qué ignoramos esta realidad? Acaso no nos damos cuenta del estado de descomposición que da ver, escuchar y respirar los asaltos, crímenes, secuestros, mutilaciones y los muy diversos grados que tiene la corrupción entre nosotros?

En La vida de Solón, Plutarco se declara sorprendido de ver que entre los griegos “los ignorantes deciden”. A nosotros ya no nos sorprende ver que los violentos y los corruptos, son quienes rigen nuestras vidas.

Twitter:@RaulCremoux

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