Opinión

¿Por qué perdió Hillary?

  
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Hillary Clinton. (Twitter)

Desde el principio, la exprimera dama tuvo un mensaje difuso, inconexo y débil. Deliberadamente evitó los temas económicos. Sin tener algo diferente que ofrecer, insistió en lo que la actual administración se había obligado y estaba cumpliendo a medias. Trenes bala y grandes obras de infraestructura, que crearían miles de empleos, no se materializaron en siete años y aun así los prometió de nuevo. Lo mismo el subsidio a las empresas, para crear programas de educación dual y primer empleo.

Se enfocó en lo social, pero trató de dejar fuera asuntos controversiales, como la errática política migratoria y el fallido Obamacare, para no entrar en polémica con el presidente Obama, pero también porque hacían recordar los bandazos que en esas materias ella y Bill habían protagonizado.

Intentó que las mujeres imaginaran que con ella en la Casa Blanca, por fin se rompería el techo de cristal que frena su movilidad laboral. Compromisos como la expansión de las guarderías y de la educación inicial, el sueldo igualitario o el permiso por maternidad y paternidad, la identificaban con las causas feministas, pero no parecían ser suficientes para responder a las inquietudes de quienes no tenían trabajo, ingresos decentes y expectativas abiertas.

Ese vacío lo ocupó Bernie Sanders con propuestas populistas muy efectivas para los jóvenes: volver gratuitas las escuelas vocacionales, anular el impagable saldo de los créditos educativos de los universitarios y elevar el salario mínimo.

La candidata primero lo subestimó y luego reaccionó con demora y mal: aceptó dar becas pero no eliminar las colegiaturas de los colleges, refinanciar la deuda estudiantil pero no anularla, subir el salario mínimo pero no mucho. Seguramente lo hizo para cuidar las finanzas públicas, pero los muchachos lo sintieron como desinterés.

El viejo profesor Sanders, también se fue contra una globalización que desplaza los puestos de trabajo y aumenta la desigualdad. De siempre cercano a los sindicatos, su oposición radical a los tratados comerciales le arrebató a Hillary el apoyo de diversas federaciones laborales, incluso las de profesores, columna vertebral de la organización electoral de los Demócratas. Otra vez tardíamente, ella cambió su posición sobre el Acuerdo Transpacífico (TTP), pero pocos la consideraron sincera.

Como tampoco le creyeron que fuera a romper con los intereses de Wall Street, a regular a las grandes corporaciones o a reformar del sistema de financiamiento de campañas.

La elaboración de la plataforma del partido era la gran oportunidad de acercar a los simpatizantes de Bernie. Finalmente es un documento simbólico en el que todo cabe, por extravagante o contradictorio que sea. Pero no, con la excepción de la abolición de la pena de muerte, despreciaron sus preocupaciones.

La selección del candidato a vicepresidente fue la última oportunidad de evitar el divorcio. Incorporar a la fórmula a Elizabeth Warren habría sumado a una oradora extraordinaria, hubiera unificado al Partido Demócrata y convencido a los que dudaban del progresismo de la señora Clinton.

Peor aún, sabemos por WikiLeaks que para destruir al senador por Vermont la campaña se coludió con el Comité Nacional Demócrata para mover las fechas de las elecciones primarias, alejarle a los delegados y echarle encima a la prensa. El resultado fue que el primer día de la convención en Filadelfia, ante su evidente falta de neutralidad, Debbie Wasserman Schultz, la presidenta del partido, tuvo que renunciar entre abucheos. Sanders se endureció, condicionó su presencia a que la nominación fuera personal y no por aclamación. Quedó así patente que el 40 por ciento de los delegados lo apoyaban a él.

Participó un poco en las recientes semanas, pero miles de sus seguidores buscaron otras opciones o de plano se desengañaron del proceso y no votaron.

Hillary se presentó como la persona mejor preparada para conducir la política exterior, pero no pudo presumir ningún gran acuerdo ni supo explicar porque no arregló el enredo del Oriente Medio cuando fue secretaria de Estado. Ni siquiera planteó alguna nueva iniciativa o cambio de enfoque.

Con una oferta incompleta, desdibujada y sin atractivo, que nunca prendió, acabó queriendo convencer a los electores, no de que votaran por ella porque su programa era el mejor, sino de que votaran por ella porque Trump no debía ganar.


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