Opinión

¿Por qué la prisa?

     
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TLCAN. (intoleranciadiario.com)

El gobierno federal tiene una inexplicable prisa por reabrir la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Con independencia de las probables motivaciones personales de los que conducen esa encomienda, resulta extraño que México insista en acelerar el inicio de un proceso en condiciones poco provechosas y con tantas incertidumbres en el horizonte. Algunas razones.

Hay poca claridad –y muy pocos consensos– sobre lo que el país debe poner en la mesa de esa negociación. Y es que la llegada de Trump a la Casa Blanca tomó a México por sorpresa. Los vientos a favor del libre comercio de las últimas dos décadas dieron paso a una tempestad. Las últimas administraciones de ambos países enfocaron sus esfuerzos en trascender el TLCAN a través del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). El libre comercio no era una disputa visible en la agenda bilateral, hasta que Trump culpó a México de lo que en realidad son los saldos sociales y económicos de la crisis financiera de 2008, de la creciente presencia china en el comercio global y, también, de la automatización del trabajo.

La mayor amenaza para el TLCAN –derogarlo– ya se conjuró. Trump ha admitido que renegociará (“vamos a empezar a tener negociaciones sobre el TLCAN”, ha dicho). Pero su equipo aún no está listo. Robert Lighthizer, el representante comercial y negociador en jefe de tratados internacionales, aún no ha sido confirmado por el Senado. Su secretario de Comercio, Wilbur Ross, ha afirmado que “el TLCAN es la gran prioridad…y la siguiente etapa será enviar la carta al Congreso para poder iniciar el proceso formal de negociación”. Conjurada la amenaza, los mercados han reaccionado positivamente y el peso se ha fortalecido. Tampoco en este rubro hay razón para la prisa.

El tiempo le favorece a México, porque permite la suma de nuevos aliados. El TLCAN ha sido benéfico para miles de empresas estadounidenses. Desde las grandes armadoras de autos, la industria aeroespacial y de manufacturas, hasta los agricultores. Incluso, México es el primer socio comercial para los cuatro estados fronterizos. Y como no hay empresario que no cuide su negocio, entre más tarde empiece la negociación habrá más tiempo para que los de California, Arizona, Nuevo México y Texas, así como de muchísimas latitudes más, presionen a la administración Trump en favor de sus socios mexicanos.

Pero también hay razones internas para esperar. El ocaso de esta administración es una franca debilidad de México frente a sus interlocutores. En unos meses más entraremos de lleno a la sucesión presidencial. Un gobierno de salida tiene menores márgenes para articular y armonizar las pretensiones de los sectores económicos y sociales potencialmente afectados por un nuevo acuerdo. De hecho, se corre el riesgo de que esas pretensiones se conviertan en posiciones electorales, esto es, que la competencia por los votos sea su mejor baza para imponerse en el pliego de negociación ¿Cómo articular satisfactoriamente una posición común bajo el incentivo de los interesados de lograr condiciones futuras más favorables a través del compromiso electoral? ¿Cómo aislar la negociación diplomática de la dinámica doméstica? ¿Dónde radican las motivaciones cooperativas de los actores involucrados en el proceso, en medio de la renovación del Ejecutivo y del Senado? ¿Cómo evitar que el reflejo populista se apropie de la agenda?

Por el contrario, la prisa de México es una clara ventaja para Donald Trump. Es entendible que en la expectativa de inquilinos populistas en la Casa Blanca, México se ocupara de reducir la incertidumbre de una larga negociación. Pero lo cierto es que ese escenario está cambiando. El tono de la administración Trump con respecto a México se ha moderado por dos motivos: los avances en la integración del gabinete y porque crece la influencia del bando de los globalistas y moderados en la Casa Blanca, encabezados por el yerno, Jared Kushner y el director del Consejo Nacional Económico, Gary Cohn. Además, nuevos frentes se han impuesto en las prioridades de política exterior de Estados Unidos: Siria y Corea del Norte. En los asuntos internos, las derrotas se acumulan. No pudo lograr su mayor promesa de campaña, que era derrocar la reforma de salud de Obama, y aparentemente no tendrá recursos para su “hermosa pared”.

Poco a poco el expediente de la renegociación del TLCAN ha ido descendiendo en la escala de prioridades de la Casa Blanca. ¿Por qué y para qué insistir en que Trump se apure a cumplir una promesa de campaña que no resulta conveniente ni para ellos ni para México?

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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