Opinión

Por la supresión de los deseos de Año Nuevo

   
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Uvas en mercado para Año Nuevo. (Cuartoscuro)

A saber cada quien qué fue lo que pensó cuando se llevaba las uvas a la boca hace un par de noches. Todos deseamos un gran año a los demás entre abrazos, pero no sabemos lo que en realidad desean y anhelan para el año que comienza.

Sin embargo, dado que somos seres sociales, acudimos gozosos a poner un deseo por uva. Doce son muchos. Es como ir al estante de las salsas y encontrar más de cincuenta variedades y marcas, resulta estresante. Bajar de peso, hacer ejercicio y procurar ser mejores personas con los demás seguramente fueron parte de los deseos compartidos por muchos. Es muy probable que el tercer deseo quede suprimido antes de que concluya el primer mes. La irritabilidad se vuelve a acomodar en uno al darse cuenta que fulanito sigue siendo igual de pendejo que el año pasado, perenganita continua vistiéndose como jovencita sin darse cuenta que se acerca a los cincuenta; que sutanito sigue siendo igual de desagradable y lambiscón como de costumbre. Y el jefe insiste en mostrar su torpeza con decisiones estúpidas que todos le aplauden para no abandonar la nómina en estos tiempos de crisis e incertidumbre.

Pero más allá de eliminar pronto ese falso deseo, está el problema de bajar de peso y hacer ejercicio. Ambos deseos son generalmente eliminados al llegar el segundo mes. Supuestamente uno lograría lo primero haciendo lo segundo pero el tiempo se encarga de ir minando las posibilidades físicas. Así que cuando uno se propone salir a correr una decena de kilómetros, se da cuenta que lograrlos lleva varios meses de entrenamiento extenuante, que el club es muy caro y que no vale la pena gastar dinero en frivolidades. Además, correr es de cobardes. Entonces uno termina por ponerse unos pants y caminar unas cuadras para comprar cigarros.

El deseo generalizado de bajar de peso llega a tener momentos de delirio. Uno mantiene las ganas de volverse a poner la ropa que lleva dos años colgada pero que el desarrollo de nuestro cuerpo impide que nos vuelvan a quedar esas prendas. De nada sirve recriminarse frente al espejo con la frase que te persigue todas las mañanas: “estoy hecho un cerdo”. No se llega a ningún lado con ese tipo de golpes a la autoestima. Es mejor asumir la marranez en un acto de humildad y generosidad con uno mismo.

Además lo políticamente correcto está acabando con la burla pública sobre los gordos, así que pronto desaparecerán los chistes de obesidad. Claro, será inevitable aguantar a los demás. Nunca falta el imbécil que te dice “órale, te veo repuestito”, o ya de a tiro “engordaste en la vacación”. Como si ellos tuvieran unos cuerpos de gimnastas. El problema es que si uno le dice “y tú estás hecho una patético anciano”, es muy probable que uno se lleve el mote de amargado o algo por el estilo. Es gente deplorable que baja de peso una ocasión y siente que uno les envidia su suplicio. Porque cualquiera que en enero no tiene cinco kilos más es porque se sometió a algún tipo de tortura ridícula, como comer quinoa y mierdas de esas mientras los demás le pegan a los canapés y las quesadillas de chicharrón prensado.

Por eso, por inviables, hay que suprimir los deseos de Año Nuevo.

Twitter: @JuanIZavala

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