Opinión

Por la insaculación de los consejeros del INE

La insaculación o sorteo de los once consejeros del nuevo Instituto Nacional Electoral (INE) que han sugerido algunos diputados del PAN sería reflejo del fracaso de la negociación de los partidos para sacar adelante su nombramiento. Pero también sería una bendición para su independencia: al ser designados por sorteo y no por la mano negociadora de los partidos, el nuevo Consejo General del INE nacería liberado en la percepción y parcialmente en los hechos del patronazgo directo de los partidos.

El método para elegir a los consejeros siempre ha sido partidizado y por cuotas. La diferencia estriba en el grado de consenso. Lo fue en 1996 con la ventaja de que se alcanzó la unanimidad, lo que dio “legitimidad” a aquel primer Consejo del IFE autónomo. En 2003 ese consenso se rompió y el nombramiento fue por mayoría calificada. En ambos casos fue una negociación partidizada, pero la acusación que hizo el PRD en el segundo caso de ser excluido generó la percepción de que los dados estaban cargados. Desde entonces, la negociación de los consejeros se acompaña de conflicto, acusaciones y violación de los plazos.

Uno de los aspectos positivos de la última reforma electoral es el nuevo método de selección de los consejeros. Tiene tres fases: a) una preselección de los candidatos por parte de un Comité Técnico —que en este caso elaboró once quintetas para cubrir todas las plazas; b) una negociación en el Congreso para elegir a los consejeros con base en esas quintetas; y c) si no hay consenso entre los partidos, se procede al sorteo. Si los diputados se rehusaran a tal medida o no lo hicieran en la fecha establecida (10 de abril), la Suprema Corte asume la función, realiza el sorteo y concluye las designaciones.

Luis Alberto Villarreal, coordinador de los diputados del PAN, propuso cambiar la composición de las quintetas para que su partido —que siempre ha cuestionado las cuotas— tenga mayores posibilidades de obtener una designación favorable dentro del Consejo General del INE, para lo que propuso el “reacomodo” de las quintetas, de modo que éstas resulten más “equilibradas”. Sería ilegal y desastroso políticamente acceder a esa petición, no sólo porque viola el acuerdo de creación del Comité Técnico, sino porque haría evidente la simulación y ahondaría la desconfianza ciudadana.

Ante la negativa que enfrentó por parte del PRI y del PRD, Villarreal ha sugerido que se recurra a la insaculación de entre los candidatos presentados por el Comité Técnico. Aunque lo hace por interés de su partido, el sorteo o insaculación es una idea innovadora que puede romper la práctica de que sean los propios regulados (los partidos) los que elijan a su regulador (los consejeros) y por esa vía intenten cooptarlo. Reitero: Villarreal pide sorteo porque percibe que sus candidatos preferidos no están ubicados estratégicamente en ternas relevantes, pero el método puede tener un beneficio para el propio INE.

Si el Comité Técnico hizo un buen trabajo de selección —según lo han dicho los diputados, entre ellos el propio Luis Alberto Villareal, Manilo Fabio Beltrones (PRI) y Silvano Aureoles (PRD)— entonces cualquiera de los 50 candidatos que componen las once quintetas tiene el perfil para desempeñar digna y profesionalmente el cargo de consejero del INE. Quizá podrían dejar para la negociación solamente el cargo de presidente una vez que se conozca el nombre del resto de los consejeros seleccionados por el azar.

Una crítica a mi propuesta es que la selección de consejeros electorales es demasiado importante como para dejarla a la suerte. Y ciertamente el azar no incorpora valoraciones tan relevantes como la inteligencia emocional —requisito indispensable para desempeñar el cargo; pero si el Comité Técnico hizo un trabajo profesional, entonces el riesgo sería bajo.

Los partidos rechazan este método por razones obvias. El sorteo neutraliza la conexión política entre consejeros y partidos, y eso ayuda a estimular la independencia de los primeros frente a los segundos. Un consejero elegido por el azar, aunque haya sido patrocinado por tal o cual partido, adquiere una dosis de independencia que puede facilitar su trabajo.

No soy ingenuo ni propongo que los consejeros sean apolíticos. Al contrario. Se requieren consejeros muy políticos, capaces de dialogar con los partidos, ser sensibles a sus preocupaciones, pero también sin la correa de patronazgo que en ocasiones se genera cuando los partidos asumen ser “dueños” o promotores de tal o cual consejero.

Por eso el sorteo, controvertido cómo puede ser, es una oportunidad de independencia, más que símbolo del fracaso de la negociación.