Opinión

Populismos biempensantes

    
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Mitigar desigualdad: ¿habrá tiempo?

La desigualdad es el desafío más apremiante de nuestro tiempo. La riqueza se concentra en pocas manos, se precariza el ingreso de la mayoría, los servicios públicos han retrocedido por los imperativos de la austeridad. El Estado-Nación ha perdido capacidad y velocidad para satisfacer las necesidades y expectativas de sus ciudadanos. La era liberalizadora redujo el protagonismo del Estado en la generación de oportunidades, mientras que la crisis económica de 2008 hizo imposible que reasumiera sus deberes en el bienestar colectivo. El cambio tecnológico ha incorporado un nuevo componente: la sustitución del trabajo por procesos productivos automatizados y su desplazamiento como medida de valor. El individuo padece no sólo el retroceso en su calidad de vida, sino también la angustia de perder sentido a su existencia. A pesar de la riqueza y conocimientos acumulados por la humanidad en la última centuria, el ciudadano del siglo XXI sigue a expensas de la caprichosa lotería natural.

En esas circunstancias de expectativas frustradas se ha gestado el pulso populista. Los perdedores de la globalización y de la crisis resienten, sobre todo, la contracción del Estado de bienestar. Y es aquí donde se ha extraviado el discurso liberal, desde la socialdemocracia hasta las distintas modalidades de la centro-derecha. Lejos de repensar al Estado y sus márgenes de intervención en las relaciones económicas y sociales, el centro político se acomoda en soluciones ecuménicas que agradan el oído de las audiencias, pero que no implican la corrección estructural de las fallas que motivan la desigualdad, ni tocan las causas eficientes del estado actual de cosas.

La renta básica es una de esas soluciones ecuménicas que hacen sentido a un amplio espectro de la geometría política. En efecto, modalidades de renta básica caben entre los referentes más conspicuos de la escuela del neoliberalismo (Milton Friedman propuso el impuesto negativo sobre la renta como una compensación fiscal a los salarios bajos); en la crítica marxista a los instrumentos redistributivos de la socialdemocracia (Von Parijs la denominó “la ruta capitalista hacia el comunismo”) y, también, en la concepción republicana de la libertad como emancipación individual. En boga entre los filósofos políticos y los activistas, vista con menos entusiasmo entre los economistas, la renta básica se ha convertido en la bandera para mitigar el descontento social y, en particular, en el nuevo leitmotiv de la mala conciencia liberal.

Por eso no extraña que el Frente proponga la renta básica universal. Lo que llama la atención es la ligereza de la propuesta. En la plataforma de la coalición, la renta básica coexiste con el compromiso de no subir impuestos. De ahí que las cuentas no hagan sentido. Supongamos que la idea implique otorgar un ingreso equivalente a la línea de bienestar (alimentaria y no alimentaria) a cada persona mayor a 15 años (la teoría sugiere que debe ser lo más cercano a ese umbral). Esto implicaría una inversión equivalente a 18 por ciento del PIB al año. Para pagarlo no bastaría con reasignar los programas sociales de transferencia económica: según la OCDE, esos programas representan 3.0 por ciento del PIB. Tendría que duplicarse la recaudación total del país (subir impuestos) o utilizar todos los ingresos petroleros para ese propósito (habrá que ver de qué gastos prescindimos). O privatizar servicios públicos como educación o salud como alegaba Friedman para bajar gastos y burocracia. O contratar deuda, lo cual es un sinsentido hasta por concepto: la deuda no es renta de todos que pueda repartirse entre todos.

Las soluciones de largo plazo a la desigualdad pasan por renovar el pacto de los derechos sociales. Los acentos deben centrarse en políticas de acceso al empleo, relaciones laborales justas, salarios dignos y, en todo caso, en un ingreso básico focalizado a los que carezcan de los satisfactores mínimos combinados con incentivos a la (re)integración al mercado laboral. Es la rehabilitación del estado de bienestar como respuesta a la cuestión social: derechos prestacionales, seguridad y protección social, arbitraje proactivo del Estado en las relaciones económicas entre desiguales.

El populismo mesiánico no se superará con el populismo biempensante de los que van a campañas a prometer lo que no se puede cumplir. Eso sólo agudiza la deslegitimación de la política tranquila. Da nuevas razones a los que quieren reventarlo todo.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

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