Opinión

Populismo latinoamericano

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Si seguimos la definición que planteamos aquí con usted el lunes, el populismo es un movimiento político en el que se supone la existencia de un “pueblo bueno” que sufre de los abusos de las “elites malas”, que les han quitado lo que tenían (desde sus valores hasta su identidad, pasando por su prosperidad). El líder populista les ofrece devolverles lo perdido, controlando a los abusivos y corruptos. Como hemos visto, esa definición tiene sentido en Europa, en donde efectivamente en los últimos 35 años se perdió el sueño del Estado de Bienestar, y regresar a él es algo atractivo. Pero en América Latina, ¿a qué nos regresamos?

Bueno, pues acá hay surtido de cuentos. Se puede ofrecer el regreso hasta el pasado precolombino, si la población indígena es muy grande, como en Bolivia. Se puede ofrecer el regreso a la prosperidad, si el país fue el más rico de América Latina en los setenta, como Venezuela. O se puede ofrecer el regreso al Nacionalismo Revolucionario en México. Argentina es una mezcla entre México y Venezuela, en términos de mitos (la riqueza previa a la II Guerra y el Peronismo); Ecuador, entre Bolivia y Venezuela (gran presencia indígena, petróleo), y así con varios otros.

Pero esas ofertas son totalmente absurdas, si las piensa uno por sólo un momento. ¿De qué manera vivían mejor las poblaciones indígenas antes de la Conquista? Salvo en nuestras ilusiones, su vida no era muy diferente. Abusaban de ellos otras etnias, no la española, pero eso no creo que sea gran diferencia. ¿O cómo es que la Venezuela próspera de los años setenta era buena para la mayoría de los venezolanos? ¿O en qué sentido los tiempos del régimen de la Revolución en México fueron mejores que los actuales? Acá olvidamos que hasta los años ochenta más de la mitad de los mexicanos no vivía en ciudades, y por lo mismo no ejercía presión sobre empleos y salarios. Con la definición actual de informalidad, en 1965 el 75 por ciento de los mexicanos en edad de trabajar vivía en esa condición, y para 1982 superaba 60 por ciento del total, un poco más de la proporción actual. ¿Qué ganaríamos regresando?

En América Latina nos hemos especializado en construir pasados grandiosos, que ciertamente no existieron, para justificar nuestra incapacidad presente y las pocas ganas que tenemos de avanzar. Todo son deudas históricas, agravios seculares, trescientos años (o quinientos, o cien, o treinta) de opresión. Pero movernos hacia delante no parece ser lo nuestro. Vea Venezuela, incapaz de deshacerse de Maduro porque no pueden construir una oposición unida.

O Argentina, en donde nada fuera del Peronismo parece posible. O acá mismo, en donde cada elección presidencial esperan que todo cambie milagrosamente, sin hacer el mínimo esfuerzo por construir candidaturas, equipos, proyectos. Ah, pero todo va a cambiar si gana fulano o zutano… ¿en serio?

El populismo, así definido, no es producto de la desigualdad en América Latina. Mas bien, populismo, desigualdad y violencia son todos resultado de nuestra incapacidad de romper con el pasado. Romper para liberarnos del lastre y poder arrojarnos plenamente a la incertidumbre. Eso fue lo que aprendió a hacer Europa a partir del siglo XVI, y aunque tardaron tres siglos, sentaron las bases del crecimiento económico y la democracia moderna. Eso fue lo que hizo Estados Unidos en la segunda parte del siglo XIX. Eso es lo que aprendió parte de Asia después de la II Guerra. No se tira a la basura el pasado, se mete en un museo y se le visita ocasionalmente. Pero ya no se le reza y adora todos los días, como acá seguimos haciendo.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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