Opinión

Populismo

 
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Gil.

Gil caminó sobre la duela de cedro blanco del amplísimo estudio y se acercó a la “Mesa de novedades” donde hay pequeñas torres de libros que huelen aún a tinta fresca. En lo alto de una de las pilas, un delgado volumen: Populismo, un ensayo de José Luis Villacañas Berlanga, publicado por La Huerta Grande en Madrid. “El populismo será un convidado inevitable a la política del futuro”, afirma Villacañas, catedrático de historia de la filosofía en la Universidad Complutense y director de la revista Res Publica. Gil llegó a este libro por la recomendación de Savater de este estudio sobre la deriva peligrosa hacia el anti-institucionalismo que para Villacañas es inseparable del populismo. Aquí van estas tabletas de acción prolongada.

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Cuando el miedo, la inseguridad, la inquietud, lo desconcertante estalla, entonces la crítica es impotente ante las configuraciones de los sentimientos y pasiones. Entonces el populismo acecha.

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El populismo es una ideología comunitarista, y no individualista. Llamamos comunitarismo a la teoría que asume que lo real y sustantivo de un grupo social es el conjunto de vínculos afectivos que unen a los seres humanos por la identificación con formas de vida, costumbres, lengua, tradiciones, usos y valores fundamentales –que producen mímesis social– y deja en un segundo plano los vínculos producidos por intereses, contratos y pactos.

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El populismo, dice Zanatta, es una ideología apolítica y antipolítica a la vez. Apolítico sería el populismo porque sus valores conciernen ante todo a la esfera social. Antipolítico lo sería porque aspira a un orden social justo, la culminación de la democracia, social por mucho que desde el punto de vista político se trate de un régimen autoritario.

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El populismo es una teoría comunitaria del pueblo.

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El populismo construye la comunidad popular de los amigos. Supone un cuerpo social y político más amplio que fractura en dos: los amigos del pueblo y los enemigos del pueblo.

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(El populismo) es una ideología que lanza su oferta en tiempos de crisis y esas crisis no son sino propias de la modernización y la transformación.

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Las crisis en las que tienen éxito las construcciones populistas no son propias de la modernización. No son en este sentido crisis reactivas, reaccionarias, regresivas, retardatarias respecto de un pretendido proceso de modernización. Son crisis políticas, contingencias de la historia política. Con todas sus letras, Laclau dice ‘que la crisis de representación está en la raíz de cualquier estallido populista’.

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Zanatta afirma que el populismo es la batalla entre el progreso liberal y la reacción católica, la resistencia de las sociedades atrasadas ante los sistemas civilizadores modernos.

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El populismo es ante todo una creación lingüística y asume esa racionalidad propia. En realidad, el populismo dispone de una política comunicativa dirigida al afecto, al sentimiento, a la teatralidad y a la espectacularidad, lo que podemos llamar producción de homogeneidad, de algo común. Se sabe algo: que el lenguaje tiene una gran capacidad de producir efectos sociales, sentimientos, imitaciones.

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El populismo no quiere un trozo del pastel de la nación, ni un sector del electorado, ni una mayoría en un turno de partidos. Lo que quiere es lo que confiere a su discurso una diferencia sustancial. El populismo quiere una construcción hegemónica para dotar de operatividad a la noción de soberanía. Quiere construir la mayoría permanente del pueblo. Por eso no teme a la democracia. Si forja una construcción hegemónica siempre ganará.

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La categoría de totalidad es otra de las herencias del marxismo que recoge el populismo. Pero la categoría de totalidad del marxismo dependía de su teoría social. Sobre el pivote de la plusvalía se organizaba el todo social. Retirarlo implicaba transformar la totalidad social. El populismo no puede usar ese elemento. No hay una determinación en última instancia. Sólo tenemos demandas y reclamos.

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El populismo no es nacionalista, pero supone el pensamiento de la nación. Rompe la nación en casta y pueblo, se eleva a representante de la universalidad de la nación. El pueblo es una sinécdoque de la nación.

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El populismo confiesa que el antagonismo político es constitutivo. La fuerza antagónica (la casta, la oligarquía, la elite o como se denomine) puede ser vencida, pero no puede ser recuperada. Esto significa que no puede prescindirse de la retórica del antagonismo. El espacio político debe seguir fracturado.

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Un punto de todo populismo es un líder carismático. Un representante sustancial de la comunidad popular (…) Hemos visto que los reclamos son muchas demandas insatisfechas reunidas. Pero se trata de que no se exijan con la especialización propia de las instituciones (…) Todas las demandas son equivalentes si hay un denominador común concreto. Todas las demandas son equivalentes si hay alguien personal que las resuelve todas. Ese es el líder.

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La función del líder es transformar representaciones conceptuales siempre defectivas en representaciones afectivas.

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Se sabe: los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos. Mientras los meseros se acercan con la charola que soporta la botella de Glenfiddich 15, Gamés pondrá a circular la frase de Alexander Pope por el mantel tan blanco: “El pueblo es una fiera de múltiples cabezas”.

Gil s’en va

Twitter:@GilGamesX

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