Opinión

Política de archipiélago

    
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El grueso de las evidencias obtenidas en decenas de estudios indica que el  uso del celular es seguro salvo por su papel en los accidentes de auto. (Bloomberg)

Gracias a una conversación en Twitter entre Donvix (nom de guerre) y el profesor Luis Carlos López, me di cuenta de que puede ser importante insistir en un tema que hace unas semanas tocamos aquí, y que será determinante en las próximas elecciones.

El siglo XX fue un siglo masivo: producción masiva, medios masivos de comunicación, y también política para las masas. Nunca antes se había producido para todos, ni todos tenían acceso a información, ni mucho menos todos podían participar en política como ocurrió especialmente después de la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente todos los mayores de 40 años vivieron al menos una parte de esa época y quedaron marcados por ella. Fue también el momento en el que los gobiernos pasaron de controlar unos pocos puntos del PIB a convertirse en Leviatanes que en Europa se llevan más de la mitad del valor agregado de la economía. Buena parte de ese inmenso gasto viene de otorgar derechos a todos: educación, salud, seguridad social. Tal vez se nos pasó la mano, pero eso lo discutimos en otra ocasión.

Lo que creo que es relevante hoy es darnos cuenta de que este fenómeno empezó a cambiar a inicios de los años noventa, y claramente en lo que va de este siglo. Ya no todos producen para un mercado masivo, sino que paulatinamente la producción hecha a la medida del cliente se ha convertido en un negocio rentable. Desde una inmensa gama de opciones en la compra de autos o electrodomésticos, hasta ropa hecha a la medida, pero a costos muy accesibles, y todo ello gracias a las tecnologías de información.

En cuestión comunicacional el asunto es todavía más evidente: la inmensa mayoría de las personas configura sus propias fuentes de información con base en las redes sociales en que habita, y ya no ve televisión, sino que usa su aparato para ver streaming; es decir, para elegir lo que quiere ver, y a qué hora quiere hacerlo.

Si todo esto es cierto, entonces la conclusión obvia es que la política debe hacerse también a la medida. Las propuestas masivas del siglo XX ya no tienen sentido. Es decir, hablar de medidas que van dirigidas a la “clase obrera” o a la “clase media”, es hablar de algo que no existe. Creo que lo que ha ocurrido con el salario mínimo en México puede ser un buen ejemplo. No sólo parece no haber mucho impacto laboral o económico de la medida, sino que no hay tampoco efecto político: a nadie le importa.

Las redes sociales, al permitir que cada uno elija qué fuentes de información quiere y qué interlocutores acepta, provocan que construyamos islas en las que sólo tienen cabida quienes piensan y hacen lo mismo que nosotros. Y cada una de las islas impulsa su idea como si fuese importante para la sociedad en pleno. Hay islas de todo: amantes de los gatos, amantes de los perros, los que odian a los toros, los veganos, los peatones, los bikers, los runners… Y cada uno de ellos empuja su predilección para la sociedad en pleno. No hay político que pueda responder, y la opinión de los isleños acerca de los políticos es terrible. En todo el mundo. Por eso los triunfos electorales en los últimos dos años, en el mundo desarrollado, son casi todos de externos que invadieron la política, y supieron venderle a cada isla lo que ahí se quería comprar.

Más claramente: el camino al triunfo en 2018 pasa por identificar las islas mexicanas, los temas que les importan, y pasar a vender a cada una de ellas el producto requerido. No dudo que asuntos como corrupción e inseguridad sirvan parejo, pero el triunfo lo darán las islas. Habrá que hacer política de archipiélago.

Profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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