Opinión

Política agropecuaria internacional, más de lo mismo

 
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Maíz.

A principios de mes se reunieron en París los ministros de Agricultura y/o representantes de los 34 países de la OCDE, de 13 países no miembros o en proceso de serlo y de siete organizaciones internacionales tanto globales (como Naciones Unidas y la Organización Mundial de Comercio) como especializadas en el sector. Fue la primera reunión de esa magnitud desde hace seis años, aunque se han realizado algunas globales de menor nivel (por ejemplo, de la Organización para la Alimentación y la Agricultura, FAO); regionales; o de otros foros en los que se discuten temas agropecuarios como las del G20, que reúne a los líderes de los países más grandes del mundo, y las del Foro Económico Mundial (WEF).

Sorprende que después de más de un sexenio y múltiples discusiones
–las más destacadas en las reuniones del G20 en Cannes, Francia en 2011 y Los Cabos, en México en 2012, por la crisis agroalimentaria de los años previos–, los temas y su orientación sean prácticamente los mismos, con muchas obviedades y con sólo algunas novedades. Así, se reiteró que los principales retos son alimentar a una población mundial de nueve mil millones de personas en 2050 con un manejo sustentable de los recursos naturales; atender la adaptación y mitigación al cambio climático; mejorar la nutrición; incrementar las oportunidades económicas; revitalizar las áreas rurales y apoyar a los pequeños productores en condiciones de pobreza. Mismos objetivos de hace 20 años, sin nuevas políticas, estrategias e instrumentos; por ello, previsiblemente mismos (y claramente insuficientes) resultados.

La novedad fue identificar como reto la necesidad de promover la resiliencia; esto es, la capacidad de los ecosistemas de absorber perturbaciones, sin alterar significativamente sus características de estructura y funcionalidad, y de regresar a su estado original, una vez que la perturbación ha terminado. No obstante, se repitieron como desafíos aumentar la productividad y la sustentabilidad de la agricultura y del sector alimentario en comunidades rurales mediante la “cooperación internacional”, sin que hasta la fecha se le haya dado contenido específico a esa estrategia.

Los ministros de Agricultura ratificaron que “se requiere un periodo de transición” (¡que ya lleva décadas!) para atender esos retos y aplicar políticas que tengan objetivos transparentes, que estén orientados a resultados específicos y sean consistentes con las reglas de comercio internacional. La novedad: se amplía el concepto de resiliencia de los aspectos ambientales y climáticos (ecosistemas) a los efectos de los brotes de enfermedades y, sobre todo, a la volatilidad en los mercados. En todos los casos se busca incluir herramientas para el manejo de riesgos y prácticas mejoradas de comercio. Ojalá así sea.

Si bien se reconoció que la innovación debe ser integral para apoyar el aumento de la resiliencia y de la productividad, no se planteó cómo remover las barreras a la inversión en ese ámbito, particularmente a la luz de las restricciones presupuestales de los gobiernos y de los escasos incentivos a la inversión privada. Otras estrategias que se repiten del pasado: la importancia de políticas públicas para reducir las pérdidas de alimentos de la parcela al consumidor; la necesidad de crear valor agregado en la cadena de producción de alimentos; y la necesidad de incrementar la cooperación internacional, aspectos esenciales para el desarrollo del sector pero que no se materializan o lo hacen de manera muy limitada, sobre todo en los países en vías de desarrollo.

Al menos, los ministros de Agricultura pusieron a trabajar a la OCDE en varios temas, como proponer estrategias de innovación y transferencia efectiva de tecnologías y políticas integradas en materia de agua, tierra, bosques, energía y biodiversidad de los recursos, así como para el manejo de riesgos. Ojalá instrumenten algunas de las recomendaciones de esa Organización y no sólo las repitan año tras año y reunión tras reunión.

Twitter: @ruizfunes

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