Opinión

Polarización

  
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Obama en Cuba con emprendedores (Reuters)

Para entender la disputa por el Obamacare hay que salirse de la lógica coyuntural.

Sostienen los teóricos de la ciencia política que en un sistema bipartidista hay fuertes incentivos para que los partidos se mantengan en el centro del espectro ideológico. Es la forma en que maximizan su participación en el reparto de los votos. Si uno se aleja del centro, el otro sale inmediatamente beneficiado.

Eso fue cierto en Estados Unidos entre 1933 y 1993. En ese periodo sólo hubo un gran realineamiento, a fines de los sesenta, cuando la lucha por los derechos civiles de los negros fue aprovechada por Nixon para ganar ventaja en el sur. En todos esos años fue evidente una diferencia entre demócratas liberales y republicanos conservadores, y en ambas organizaciones había pequeñas corrientes radicales. Pero lo que privó fue la moderación y el pragmatismo. Cada partido luchaba por cambios graduales, conseguidos preferentemente mediante acuerdos amplios con sus contrincantes.

El electorado tampoco se movía en torno a doctrinas. Dejaba de sufragar por el que fracasaba en sus promesas de crecimiento y se iba con quien le parecía que iba a mejorar la situación económica de su familia y su comunidad.

Era muy común por ello el voto dividido (split ticket voting): en la misma elección escoger a alguien de un partido para presidente y a alguno de otro para senador, diputado o gobernador.

Rojos y azules se alternaban, según su pericia para conservar o mejorar la capacidad adquisitiva de los ciudadanos.

La evolución del ingreso medio o del acceso a vivienda propia eran los mejores indicadores del relevo o permanencia de un grupo en el poder.

Todo eso cambió en 1993. Bill Clinton, contando con un Congreso afín, trató de pasar el Hillarycare, es decir, la creación de un sistema universal de salud al estilo de las socialdemocracias europeas. Su insistencia lo llevó a perder la mayoría en ambas cámaras. Sus mismos correligionarios lo consideraron excesivo y en el otro bando se consolidó una oposición fundamentalista, que luego aprovechó el escándalo Lewinski para tratar de sacarlo de la Casa Blanca.

En 2008 la ex primera dama buscó la candidatura presidencial y revivió el tema. Su contrincante, Barack Obama, criticó fuertemente su proyecto, no sólo en lo relativo a la viabilidad fiscal, sino también por razones ideológicas. Claramente se manifestó contra una public option, proponiendo un programa más compatible con el libre mercado. Pero el Obamacare resultó más complejo y controvertido que su antecesor.

En su libro La audacia de la esperanza, Obama plantea que los grandes cambios aún son posibles si la gente deja atrás el miedo y sigue a un líder que, como él, les dice “yes, we can”. Proponía una cuarta generación de reformas sociales, al estilo del New Freedom de T. Woodrow Wilson, del New Deal de Franklin D. Roosevelt y de la Great Society de Lyndon B. Johnson.

Con su efectiva retórica, enmarcó su idea de cómo transformar el sistema de salud en consideraciones patrióticas (forjar la historia), morales (ser justos son los abandonados) y hasta espirituales (salvar el alma de Estados Unidos). Lo que provocó fue que surgiera una oposición más radical: el Tea Party.

Los republicanos lograron importantes modificaciones a lo que pretendía el presidente, pero no consiguieron evitar la aprobación de las leyes respectivas. En otra época hubieran sido buenos perdedores y se hubieran ido a casa resignados. No fue el caso: bloquearon la implementación de las reformas y lograron que la Suprema Corte invalidara alguna de sus partes.

El problema ahora es que no pueden abrogar el programa sin sustituirlo por otro que proteja a quienes se están beneficiando de él. La opción defendida por el líder de la mayoría, Paul Ryan, buscaba superar esa complicación. Los conservadores que la rechazaron no aceptan nada que no sea una completa revocación.

El Congreso, dividido por mitades, está cada vez más ideologizado y polarizado. El republicano más izquierdista en el Senado está a la derecha del demócrata más derechista (y al revés). Se vota en bloque y no se aceptan compromisos. La intransigencia de unos y otros hace imposible alcanzar acuerdos. Obama tuvo que gobernar a punta de órdenes ejecutivas y Trump va por el mismo camino.

Afortunadamente el electorado sigue siendo moderado y acabará castigando a quienes no mejoren su calidad de vida.

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